DiVagaCiencIA

16.9.08

The Mating Mind I

Estoy leyendo un libro muy bueno sobre selección sexual escrito por Geoffrey Miller que se llama “The Mating Mind”. Selección sexual es la teoría complementaria a la selección natural, a la que incluso Darwin dedicó más tiempo e interés de lo que dedicó a esta última, que se utiliza para explicar características de las especies aparentemente aberrantes desde el punto de vista de la supervivencia, como las exuberantes colas de los pavo reales.

Mientras que la visión tradicional de la evolución es que la selección natural moldea los organismos de las especies para convertirlas en máquinas de supervivencia, la selección sexual convierte a los organismos en máquinas de entretenimiento y propaganda de la calidad de los genes que portan. Esta teoría es tan poderosa para explicar derroches de energía aparentemente inútiles desde el punto de vista de la supervivencia, que Miller no duda en utilizarla como hipótesis para explicar el origen de las características que distinguen al ser humano, sin necesidad de postular la posible existencia de unidades de herencia por encima de los genes (memes) sobre las cuales funcione la selección a nivel cultural. Debo confesar que después de lo que llevo estudiado sobre selección sexual, empiezo a pensar que puede que no sea necesario postular a los memes como mecanismo único de los orígenes de la cultura.

Además de lo interesante del tema, el estilo informal con el que está escrito lo hace muy ameno. He aquí una serie de citas sacadas del contexto del libro (y a veces con una pequeña ayudadita) para que se den una idea (lo escrito entre [] es contribución de su servilleta):

“Sexual selection was not only atheism, but indecent atheism.”

“In most species [and people] surplus energy is converted into fat, not creativity.”

“The least attractive males, as a rule, must be left single, heartbroken, and childless.”

“A species of bumbling incompetents could evolve, despite the survival costs of their stupidity, as long as stupidity remained sexually attractive. “

“Typically, males of most species like sex regardless of their fitness and attractiveness to the females, so they tend to treat female senses as security systems to be cracked.”

“As long as pleasure is defined broadly enough, to encompass everything from a full belly to a fulfilled life, an individual cannot wish for any subjective experience beyond pleasure.”

“And the most unpleasant females mate with the most unpleasant males, because their only alternative would be to remain single.”

“In fact, assuming monogamy, the genes for pleasure-giving will not have any reproductive advantage whatsoever over the genes for imposing unspeakable misery on one's sexual partner.”

“But evolution has no foresight. It lacks the long-term vision of drug company management.”

“These ornamental fashion cycles may not be good for the species as a whole, but evolution cares no more about the species as a whole than capital markets care about entrepreneurs.”

“Survival matters only insofar as it contributes to courtship.”

“Nature was not red in tooth and claw. Usually, it was really boring. Predators would have tended to kill the very young, the very ill, the very old, and the very foolish.”

“The male is unlikely to be the infant's father, but is simply trying to mate with the infant's mother by doing her a favor.”

“Female primates are sometimes reported to show "irrational" or "capricious" preferences that cannot be explained on the basis of male dominance, age, or group membership.”

“In single-male harem systems, the dominant male's sperm can become a limiting resource for female reproduction, and high-ranking females prevent low-ranking females from mating through aggression and harassment.”

“The chefs, musicians, and actors do not actually get to have sex with our dates. They just get paid. We get the sex if the date goes well. Of course, we still have to talk in modern courtship, and we still have to look reasonably good.”

“Consumerism turns the tables on ancestral patterns of human courtship. It makes courtship a commodity that can be bought and sold.”

“The minds of our ancestors were relatively naked compared to ours. They did not spend twenty years in formal education ornamenting their memory with dead people's ideas.[…] There was no masking a poor imagination with a good education, or a poor sense of rhythm with a good CD collection.”

“Herds of young bachelor males probably roamed around living their squalid, sexually frustrated lives, hoping they would eventually grow up enough for some group of women to take them in.”

Continuará…

 

3.7.08

I am a Strange Loop


Acabo de leer “I am a Strange Loop” de Douglas Hofstadter, el autor de un libro que menciono recurrentemente llamado “Gödel, Escher and Bach: An Eternal Golden Braid”, al que muchos nos referimos simplemente como el GEB. Podría decirse que “I am a Strange Loop” es una versión digerible y condensada de lo que Hofstadter pensó era el argumento central del GEB, y que para su frustración la mayoría de la gente perdió de vista (no su servidor, desde luego, jejeje).

En muy muy pocas palabras el argumento de Hofstadter consiste en que un sistema de símbolos que se vuelve tan complejo al grado de adquirir la capacidad de representarse a sí mismo, es capaz de sustentar un bucle extraño (strange loop) que es en el fondo el tipo de abstracción que en los seres humanos representa la ilusión de nuestro yo como algo trascendente. Hofstadter toma al teorema de Gödel como principal apoyo para su argumento, ya que consiste precisamente en la demostración de que existen aseveraciones autoreferenciales de teoría de los números que no son demostrables, equivalentes a la oración “esta oración es falsa”. Esta falta de demostración producto de la capacidad de representarse a sí mismo, de tener un yo, es lo que sustenta la intuición de que dicho yo tiene una existencia que trasciende cualquier necesidad de explicación.

Una forma de generar algo similar a un bucle extraño es mediante un ciclo de retroalimentación, como el que se logra apuntando con una cámara de video a la pantalla de televisión que tiene conectada, logrando generar imágenes como la que aparece al inicio de este escrito. Mi ejemplo favorito de lo que los ciclos de retroalimentación son capaces de lograr es el fenómeno del best seller: una vez que logras cierta masa crítica de ventas de un producto, el proceso de consumo se mantiene gracias a la retroalimentación representada por la paradoja de que la mayoría de las personas consumen el producto por ser un best seller, pero es el consumo mismo lo que lo convirtió en tal. Puede que la gente que sigue consumiendo el producto no tenga la mínima idea de por qué comenzó a venderse tanto ni de si existe alguna alternativa que merecería estar en esa posición privilegiada de atención, puesto que tienen la necesidad de sentir que están consumiendo algo que la popularidad les sugiere que es significativo, sin entender muchas veces ése significado, al grado de no darse cuenta de que dicho significado en ocasiones ni siquiera existe, de que es una ilusión.

Un ejemplo para darse cuenta de hasta qué grado los ciclos de retroalimentación son capaces de crear ilusiones que sustentan nuestra vida subjetiva, como nuestro yo, es la tan vituperada auto estima. Es común encontrarse recientemente en la psicología popular con la idea de que para poder amar a alguien es indispensable amarse a sí mismo, sin embargo al mismo tiempo se reconoce que es indispensable recibir amor de otra persona para después poder darlo. En este caso para una persona “sana” una vez que recibe cierta “masa crítica” de amor en su infancia, es capaz de entrar en el juego de retroalimentación, muchas veces sin sentido, que implican las relaciones afectivas humanas: ¿Necesitas amor para estar bien, o necesitas estar bien para el amor?

5.4.08

Hacia una ciencia de la conciencia III: la futilidad de los qualia

Una de las implicaciones más importantes del esbozo de ciencia de la conciencia de Daniel Dennett, es que la convicción de que las experiencias sensoriales tienen cualidades únicas para quien las tiene y que no dependen del cerebro, está mal. Los filósofos llaman qualia (plural de quale) a estas cualidades, y es lo que utilizan para justificar la intuición de que por ejemplo es imposible para un ser humano saber qué se siente ser un murciélago, e inclusive qué se siente ser otro ser humano, o que nadie podría experimentar los colores de la forma en que los experimentas.

Estaba pensando en hacer una síntesis de la postura de Dennett con respecto a los qualia, pero la que encontré en Wikipedia es muy buena...

Contrariamente al miedo que causa la futilidad de los qualia en las personas de inclinaciones esencialistas, yo pienso que es un argumento a favor de la compasión, de que en principio es verdaderamente posible para alguien ponerse en el lugar de otro inclusive a nivel de sus experiencias sensoriales más básicas.

16.2.08

El orgullo intrínseco de los físicos

La visión materialista en ciencia consiste en asumir que todos los fenómenos naturales, incluyendo aquellos que todavía no alcanzamos a comprender en su totalidad, son consecuencia de las interacciones de la materia, de aquello que en principio cualquier persona mediante las herramientas y metodología adecuadas puede medir. Esto proscribe de la ciencia aquellas posturas que intentan “explicar” fenómenos aludiendo a influencias trascendentales o místicas que no todas las personas podrían comprobar.

Las interacciones más elementales de la materia son aquellas reveladas por la física, por lo que desde un punto de vista metafísico (metafísica es la rama de la filosofía que se dedica a estudiar qué es real) el materialismo afirmaría que entonces toda la ciencia es alguna forma de física, sin embargo a la hora de la práctica el intentar entender y predecir fenómenos de la materia organizada como la vida o la cognición partiendo exclusivamente de principios físicos es inmensamente complejo.

Es posible asumir metafísicamente que todo es física, mas epistemológicamente que no todo es física (epistemología es la rama de la filosofía que se dedica a estudiar qué se puede conocer). Llamo el orgullo intrínseco de los físicos (quienes sean físicos entenderán a qué me refiero con lo de intrínseco) a la renuencia arrogante de muchos de sus practicantes a aceptar que para fines prácticos las leyes de la física no son suficientes para hacer predicciones en fenómenos complejos, y que la emergencia de nuevos principios explicativos como la evolución justifica la existencia y estatus de otras disciplinas científicas como la biología y las ciencias cognitivas. No es de sorprenderse que los físicos que caen víctimas de este orgullo no tengan una idea clara de la diferencia entre una postura metafísica y una epistemológica y de que es posible que una contradiga a la otra.

Saco a colación este tema porque hace unos meses asistí a la plática que dio un nobel de física en la que se dedicó a mostrar sus expectativas de esta disciplina para los próximos 25 años, y dentro de su lista mencionó el que los físicos se aboquen a estudiar la conciencia. Antes de empezar a hablar al respecto supuse que a lo que se refería era que en los próximos años la física podría aportar las herramientas matemáticas y/o teóricas para modelar sistemas complejos como el cerebro, y a partir de ahí intentar explicar el fenómeno emergente que catalogamos como conciencia. Digo esto porque tengo la esperanza de que un nobel de física sabe que NINGÚN investigador serio en ciencia cognitiva considera como viable el intentar abordar los problemas de su área como consecuencias de las interacciones físicas fundamentales entre las neuronas, considerando los efectos cuánticos que puedan haber en ellas, porque para los fines de los modelos que hacen estas pueden ignorarse.

Lo interesante fue observar cómo la exposición del nobel sobre el futuro de los físicos estudiando la conciencia consistió en decir que sería muy útil que un día pudieran crear una curva de la conciencia que dijera qué tan conciente es un ser humano conforme a su edad, desde que se es un feto hasta la vejez, para después rematar con el pequeño detalle de decir que primero habría que entender qué es la conciencia. Por poco no contengo mi risa (me recordó el chiste de la vaca esférica).

Para darse una idea de lo que implica hacer un intento serio de crear una ciencia de la conciencia, no hay mejor ejemplo que los escritos de Daniel Dennett (véase Hacia una ciencia de la conciencia I y II). A pesar de que muchos teóricos coinciden en sospechar que la conciencia puede ser una propiedad difusa, que sea posible que en la naturaleza existan organismos con distintos grados de ella, la idea de la curva de la conciencia se parece más a la del teatro cartesiano que a la de un modelo que intente explicar la evidencia experimental con que se cuenta, como lo hace el modelo de las versiones múltiples de Dennett…

¿Así o más arrogante?

27.10.07

La solaz del ateo

Tengo nuevo blog, que será medio incendiario (qué se le va a hacer):

10.10.07

El fin de la humanidad

Muchos teóricos especulan sobre el futuro evolutivo de la especie humana, sobre si la selección natural sigue afectándonos y en todo caso los posibles cambios fisiológicos que sufriremos como especie. Por otra parte hay otro grupo de personas que piensan que la selección natural no podrá tener un efecto significativo en nuestra biología en el futuro, puesto que recordando el hecho de que el motor de la evolución son las ventajas reproductivas que cierta característica genética le da a un individuo, en el ser humano el éxito reproductivo de una persona ya no está necesariamente ligado a sus características genéticas, sino que puede darse a pesar de ellas. Tampoco podría decirse que una mejor posición económica o nivel de vida garantizan el tener una mayor progenie, y con ello ser una marca distintiva del efecto de la selección natural, puesto que los índices de natalidad más altos se dan en los países más pobres. ¿Qué sucederá entonces con nuestra especie?

Para contar mi idea de lo que va a pasar –si no es que ya está pasando- me voy a guiar por una hipótesis que explica cómo es que el que se originara la vida en nuestro planeta fuera más probable de lo que los escépticos suelen pensar. La hipótesis de Cairns-Smith consiste en que bajo el caldo primitivo que contenía a los ingredientes orgánicos que eventualmente dieron origen a la vida, existió una competencia entre cristales de arcilla. Los cristales de arcilla son estructuras periódicas que suelen ir acumulándose en capas sobre la superficie en que se originan. Lo que Cairns-Smith propone es que la composición de ciertos cristales les daba la capacidad de crecer por encima de otros, dándose un proceso de selección de estas estructuras y con ello un proceso evolutivo.

Aquellos cristales cuya estructura les diera la capacidad para aprovecharse de los componentes del caldo para pasar por encima de otros se verían beneficiados por la selección, dando origen a una escalada de complejidad en la interacción con el caldo que lo modificó tanto al grado de que los componentes de los que más se beneficiaban los cristales fueron aquellos que empezaron a adquirir la capacidad de reproducirse, iniciándose la vida orgánica y con ella el proceso evolutivo que originó a las especies. Fue como si en el proceso de construcción de un edificio los andamios necesarios para hacerlo se fueran volviendo tan complejos que se convirtieran en un edificio por su cuenta.

Mi idea de lo que va a pasar con el ser humano es que estamos sustentando la escalada de complejidad de algo que eventualmente adquirirá la capacidad para reproducirse por su cuenta, si no es que ya lo hace: la cultura. Las casas editoriales y disqueras conocen bien que una vez que se alcanza cierta masa crítica de ventas de un libro o disco se garantiza su consumo debido al fenómeno del “best seller”, y por tanto que encontrarás a mucha gente consumiendo lo mismo por el hecho de que se vende mucho, aunque no tengan idea realmente de por qué se vendió tanto en un inicio, o si existe alguna alternativa que merecería estar en esa posición privilegiada de atención. Es como si muchas personas tuvieran la necesidad de sentir que están consumiendo algo que la popularidad les sugiere que es significativo, sin entender muchas veces ése significado, al grado de no darse cuenta que dicho significado en ocasiones ni siquiera existe. Es lo que está detrás del repugnante esnobismo y a lo que Milán Kundera llamaba la negación absoluta de la mierda (véanse Merry Kitschmas! Y En acuerdo categórico).

Un ejemplo similar es el que se ha dado con el fenómeno de la fridamanía. No es que cuestione, como pintor imberbe que soy, el significado de la obra de Frida Kahlo, sino que no se me hace justo que ante los ojos de la inmensa mayoría su pintura adquiera el estatus y consideración que ha adquirido, cuando existe un gran número de pintoras y pintores que han contribuido de forma más significativa al arte mexicano. Frida no aportó a la pintura mas que la evidencia de su sufrimiento y de su carácter folclórico que tanto le gusta a los patrioteros amantes de la cortina de nopal, pero darle el estatus que la opinión pública le está dando es como el subir a una tehuana a un escenario a cortarse las venas y decir que su arte está a la altura del de las más reconocidas bailarinas clásicas.

El culto irracional a la cultura -valga el pleonasmo- sin mentalidad crítica, como se ha dado tanto en estos tiempos posmodernistas, lo único que garantiza es el redefinir al ser humano como el medio que ocupa la cultura para replicarse. El día que el mundo se llene de esnobs… ¿podremos declarar el fin de la humanidad?

11.7.07

Determinismo y libertad

Uno de los miedos más enraizados en la intuición de las personas que desconocen de ciencia, e incluso entre aquellos obreros de la ciencia que sienten aversión por sus cuestiones filosóficas, es que a través de sus descubrimientos se revele que el curso de los acontecimientos que suceden al ser humano está determinado y que no hay libertad.

La versión más radical de la oposición del determinismo a la libertad, que lleva al extremo de pensar que sólo hay dos opciones para lo que nos acontece, que todo está determinado o que nada está determinado, lleva a un callejón sin salida: si todo está determinado esto incluye a tus pensamientos y lo que pienses sobre la libertad no tiene sentido, mas si nada está determinado lo que pienses sobre la libertad no tiene sentido porque nada tiene sentido.

Si asumimos que hay algún tipo de justo medio entre el determinismo y el indeterminismo, su asociación con la libertad sigue siendo problemática, porque es increíblemente complejo determinar dónde está la frontera que los separa, o si esa frontera es tajante o difusa. Imaginemos que creamos un modelo matemático de un fenómeno complejo, y que a la hora de probarlo encontramos casos en los que lleva a predicciones incorrectas. Mientras no tengamos una idea clara de cuál es el límite entre lo determinado y lo indeterminado del fenómeno que estudiamos, nunca sabremos si nuestros errores se deben a que hay variables determinísticas que nos faltó incluir en nuestro modelo o que ya nos encontramos en los terrenos del indeterminismo y no podemos exigirle más. Si seguimos oponiendo la libertad al determinismo, este ejemplo confirma que incluso asumiendo una posición no radical sobre este último siempre habrán casos en los que nuestra idea de la libertad carece de sentido.

La alternativa de incluir más y más variables a nuestros modelos resulta inviable, porque el tamaño del espacio de las posibilidades en el que tendríamos que buscar las predicciones correctas crece exponencialmente, tanto así que llegar a ellas sería prácticamente imposible.

Por su parte la asociación de la libertad con el indeterminismo puede llevar a conclusiones contra intuitivas, puesto que sería pavoroso que apareciese un ente completamente desligado del determinismo, capaz de violar las leyes de la física, auténticamente todopoderoso, puesto que son precisamente nuestras vulnerabilidades y restricciones compartidas las que le dan sentido a la moral. En este sentido el ideal de máxima libertad sería una abominación.

¿Qué concepto asociar u oponer a la libertad, si ya vimos que el determinismo no nos lleva a ningún lugar? Como la inteligencia, muchas veces podemos no saber qué las sustenta, mas para fines prácticos las atribuimos a la complejidad del comportamiento de un ente, en pocas palabras es otra etiqueta que asignamos a la complejidad, otra propiedad emergente.

Un ejemplo sencillo de propiedad emergente es la velocidad a la que corre un leopardo. Resulta ridículo pensar que el valor numérico de dicha velocidad se encuentra de alguna forma codificado en su cuerpo, como si fuera una variable en una computadora a la que cambiándole el valor el animal correría más lento o más rápido. Es obvio que dicho valor numérico es el producto final de un sinfín de interacciones complejas en el cuerpo del leopardo y que es a través de estas interacciones que puede justificarse.

Pensar a la libertad como propiedad emergente implica dejar de hacer abstracciones en las que inconscientemente se asume que lo que identificamos como libertad está platónicamente determinado o codificado, y abocarse al estudio de la complejidad de los organismos.


8.5.07

Hacia una ciencia de la conciencia II: el centro de gravedad narrativo

(Continuación de la síntesis del esbozo de ciencia de la conciencia de Daniel Dennett)

Desmantelar el teatro cartesiano, la idea de que hay un lugar privilegiado en nuestro cerebro en el que algo se vuelve mágicamente consciente al entrar en él, implica hacer un cambio radical del papel que cumple la audiencia del teatro: el yo.

Una de las propiedades mágicas atribuidas al teatro cartesiano es que corresponde al lugar en el que se podría afirmar intuitivamente que radica nuestro yo, la “esencia” de nuestra identidad, a quien se puede atribuir ser la fuente de nuestra identidad personal. La propuesta de Dennett implica aceptar la futilidad de la idea de esta esencia, de que lo que sustenta nuestra identidad, al igual que nuestra conciencia, es de alguna forma trascendente.

La visión del yo que es necesario adoptar dentro de este esbozo de ciencia de la conciencia se basa en una metáfora sobre cómo es que surgen los centros de gravedad en la física. El centro de gravedad de un cuerpo rígido corresponde a aquel punto en el espacio en el que podríamos concentrar toda la masa del cuerpo, como una partícula la cual se desplazaría en el espacio de la misma forma que el cuerpo. Por ejemplo cuando lanzamos una pelota de tenis, para entender la trayectoria que va a seguir es posible abstraer a todas las partículas que la forman y asumir que toda su masa se concentra en el centro de la pelota, para después aplicar el análisis del movimiento a este simple punto.

La idea que propone Dennett para conceptualizar al yo es pensarlo como un centro de gravedad narrativo, el resultado al que convergen todas las narrativas de las que una persona toma parte en los diferentes aspectos de su vida, incluyendo desde luego aquellas a las que se ve arrastrada a formar parte debido a disposiciones genéticas como su sexo, su inteligencia y sus gustos, en la misma forma en que se forma la identidad del personaje de una novela. Es así que tal como el centro de gravedad “emerge” de una distribución de masa y no la crea, el yo “emerge” de una distribución de narrativas. Esta visión de la futilidad del yo como algo trascendente es similar a la del budismo, aunque Dennett no lo menciona abiertamente –que yo recuerde.

Al contrario de lo que muchas personas pensarían, el aceptar que el yo no es trascendente no echa por tierra la existencia del libre albedrío, tema espinoso al que Dennett dedica un libro entero: Freedom Evolves. En muy, muy pocas palabras, en este libro se desvive explicando por qué el aceptar que viviéramos en un mundo determinista no mina la existencia de la libertad, sólo que el comportamiento libre no sería visto como algo trascendente sino como algo que nadie sería capaz de predecir, no porque en principio no fuera posible, sino porque su complejidad computacional lo hace intratable en la práctica. En términos filosóficos implica dejar de tratar de sustentar la libertad en la metafísica, preocupándonos de si es real o no, sino en la epistemología, en si es posible predecir el comportamiento de alguien aunque los constituyentes de este alguien estén restringidos por leyes determinísticas.

Continuará…

10.3.07

Lección de Photoshop

Sacando a colación de nuevo al GEB (Gödel, Escher y Bach…) hay en él un capítulo dedicado a resaltar la diferencia entre lo que Hofstadter llama significado “interno” y significado “externo”.

Significado externo es lo que te dice cómo decodificar un mensaje, incluyendo lo que te hace ver que algo es un mensaje y no simplemente ruido… por ejemplo, el significado externo es lo que nos hace diferenciar entre una piedra y un disco compacto como recipientes de información sonora, es decir aquello que te dice que puedes sacar sonido de un CD y que alguien lo codificó intencionalmente en él, pero que difícilmente podrías esperar lo mismo de una piedra.

El significado interno corresponde a aquel que obtienes una vez que encontraste la forma de decodificar un mensaje. En el ejemplo del CD equivaldría al significado de las letras de las canciones que contiene.

Lo interesante de esta división de significados es que uno puede volverse un poco paranoico, en cuanto a tratar de decidir cuánto del significado que uno encuentra en la naturaleza es externo o interno, es decir hasta qué grado una piedra contiene información que uno pensaría que alguien puso intencionalmente en ella, o bien no intencionalmente en el sentido de que una inteligencia la codificó, sino en el sentido de que está allí para cumplir una función. Recordando lo que escribí hace poco sobre la evolución, equivale a darte cuenta no de que algo fue conscientemente diseñado, sino que aparece recurrentemente porque fue seleccionado por ser útil. El significado externo equivale entonces a aquello que te señala que es útil intentar sacar sonido de un CD y no de una piedra.

Hofstadter, junto con muchos biólogos (y no necesariamente biólogos) se hace la siguiente pregunta: ¿cuánto del significado detrás de un organismo reside en el ADN, y cuánto reside en la compleja maquinaria biológica necesaria para decodificarlo? Lo que les ha quedado claro es que por lo menos no toda la información de un organismo reside en el ADN, sino en parte en lo que se necesita para traducirlo en proteínas…

Si es que esto les parece demasiado fumado, tengo una analogía de algo más a la mano que me intrigó cuando leí a Platón: ¿Cuánta de la belleza que identificas en el mundo no está en el mundo sino dentro de ti? ¿Hasta qué grado estás haciéndote tonto si necesitas al photoshop para desentrañar la belleza de una mujer?


3.3.07

Pimp my species

El otro día escuché en la radio a don Pedro Ferriz hablar acerca de los límites explicativos de la teoría evolutiva, queriendo hacer pasar por divulgación científica responsable su mala información, sacando a colación el trillado -y ya echado por tierra- argumento creacionista de que la evolución no puede sustentar la complejidad de los organismos ni las transiciones adaptativas que dan origen a nuevas especies, sólo que ahora adjudicando el inexplicativo papel de deus ex machina a extraterrestres.

Después de escucharlo, me puse a pensar en una forma simple para explicarle a alguien cómo es que la evolución sí puede sustentar el origen de las especies y el incremento de complejidad en los organismos, y creo que consiste en mostrar una analogía simple del por qué el proyectar en la naturaleza la forma como los seres humanos suelen diseñar cosas lleva efectivamente a la conclusión errónea de que no pueden generarse nuevas especies a partir de otras sin echarlas a perder.

Tanto las creaciones humanas como los organismos pueden verse como artefactos que cuentan con múltiples subsistemas para funcionar adecuadamente. Para que las creaciones humanas funcionen dichos subsistemas suelen tener que estar aislados entre sí, como por ejemplo el sistema de lubricación y el eléctrico de un automóvil, mientras que la maravilla de los organismos es que el funcionamiento de sus subsistemas está tan enmarañado que una cosa cumple múltiples funciones a la vez. Siguiendo con la analogía automotriz, supongamos que nos pidieran hacer una copia de un auto de una marca y modelo conocidos, sólo que sin radiador… ¿qué es más práctico, C) que nos dieran los planos de diseño completos para hacer las modificaciones en ellos y construirlo partiendo desde cero, o E) que nos dieran un auto ya construido para modificarlo?

Pensar que es imposible cumplir con el encargo modificando el auto, puesto que consiste en quitarle un subsistema sin el cual no funcionaría, es equivalente a decir que una especie no puede adaptarse para dar origen a otra con subsistemas diferentes. El meollo de la modificación es que tienen que adaptarse subsistemas que cumplen ciertas funciones para cubrir la del sistema que está quitándose, por lo que habrían algunos que cumplirían funciones múltiples. En el caso del radiador sería posible quizá modificar la carrocería de forma que se aproveche más el flujo del aire para enfriar el motor, como funciona en los vochos, o quizá utilizar la misma carrocería como disipadora de calor, como en los circuitos electrónicos.

Un vez que nuestro cliente recibiera el auto, ¿tendría forma de saber que le estamos dando un auto modificado? Muy probablemente. Alguien con experiencia podría mostrarle las señas que indican las modificaciones. Lo interesante es que en los organismos abundan las señas que indican adaptaciones, que no se partió desde cero al momento de originar su especie. Un ejemplo en los seres humanos es el apéndice, que juega el papel que jugaría en nuestro encargo el haber dejado el radiador instalado, aunque ya no cumpla alguna función (salvo ocupar espacio).

Lo fascinante de la evolución consiste en que no se necesita un “enchulador” inteligente para hacer las modificaciones que dan origen a nuevas especies, sino muchos intentos regulados por la selección natural.

10.2.07

Ojo, mucho ojo

No sé cuántas personas estén pendientes sobre lo que escriba en este blog –creo que nadie, por lo que para mí el intentar responder qué sentido tiene escribir algo se vuelve una experiencia tan “zen” como el intentar responder la famosa pregunta de cómo se oye un árbol cayendo donde nadie puede escucharlo… Creo que por lo menos la única ganancia de escribir es que me obligo a ordenar ciertas ideas que traigo en la cabeza, en fin.

Hablando de palabras, lo que quiero tratar en este escrito es la diferencia que existe entre su uso en el lenguaje cotidiano y el de la ciencia. Releyendo el GEB (Gödel, Escher and Bach, an Eternal Golden Braid, de Hofstadter) encontré una idea que sirve muy bien para explicar esta diferencia: la de significado pasivo VS significado activo.

Los símbolos tienen significado pasivo si independientemente de cómo los utilicemos las reglas empleadas para manipularlos se mantienen fijas. Un ejemplo sería el de la aritmética: las operaciones entre números no cambian de significado dependiendo de cuántas veces las utilices, no importa cuántas veces sumes ‘1 + 1’, ‘+’ seguirá siendo suma por los siglos de los siglos.

Por su parte los símbolos adquieren significado activo si su uso modifica las reglas que empleamos para manipularlos. El ejemplo clásico de significado activo es el lenguaje cotidiano, en el que el uso de una palabra puede modificar con el tiempo su significado.

El problema entre la forma de utilizar el lenguaje en la ciencia y en la vida cotidiana es que, en el primer caso, el significado de las palabras que la ciencia toma prestadas del lenguaje cotidiano tiende a ser pasivo (salvo cuando se producen cambios en las teorías), por lo que no es posible intentar reinsertarlas al lenguaje cotidiano sin especificar el contexto científico que les da significado. El embrollo se hace mayor cuando a estas palabras se les adjudica el significado activo que las palabras tienen en lenguaje cotidiano.

Un ejemplo claro es la relatividad. Es bastante común escuchar cómo la gente piensa que la relatividad de Einstein sustenta la idea popular de que nada importa, de que todo es relativo, idea más bien parecida a la relatividad de la filosofía posmodernista. Quienes saben de física entienden que la teoría de la relatividad de Einstein no tiene de relativo más que el que diferentes personas observen el mismo fenómeno en tiempos diferentes, todo con el fin de que las leyes de la física se escriban de la misma forma para cualquier observador… esto no tiene nada de relativo en el sentido posmodernista.

Otro ejemplo es la teoría del caos. El caos matemático no tiene que ver con el uso común de la palabra, que más bien se parece a lo que en física se conoce como entropía, la forma de cuantificar el desorden de un sistema. Decir que algo es caótico en teoría del caos es más o menos como decir que cada detalle de lo que acontecerá en tu vida dependerá del pie con que te levantes de la cama el día de mañana, mas no necesariamente implica desorden. Un simple péndulo puede ser caótico, caso al que suele llamársele caos determinístico.

El peligro detrás del mal uso de las palabras es que hay personas que quieren llevar agua a su molino aprovechándose de la credibilidad de la ciencia, sin especificar que su uso de las terminologías científicas es meramente metafórico. Un ejemplo bastante indignante fue el mentado pseudo documental What the bleep do we know? en el que intentan colgarse de ideas de mecánica cuántica para justificar “científicamente” sus ideas religiosas (he aquí lo que escribí sobre la película, y aquí lo que dice Wikipedia).

Es por esto que la divulgación científica seria y responsable es muy importante para evitar la manipulación de la opinión pública. Creo que un buen consejo para evitar llevarse opiniones erroneas es observar qué tanto se esfuerza la gente en dar a entender que el significado de las ideas científicas que quieren usar como argumento para algo es pasivo. La sorpresa que van a llevarse es que prácticamente nadie que no sea científico lo hace, ergo no confíen en nadie, y cuéntenselo al científico a quien más confianza le tengan. Ojo, mucho ojo.

5.7.06

Hacia una ciencia de la conciencia


Imaginen a alguien que nunca ha visto una foto de la Tierra vista desde el espacio exterior y que tiene la firme creencia de que es plana. Imaginen luego que cuando a esta persona le es mostrada una fotografía de la Tierra dijera: “esta es la prueba de que la ciencia no puede probar que la Tierra es plana, que mis creencias no pueden ser desacreditadas por la ciencia”. ¿Ridículo, no?

Mientras que es posible hacer que la información que confirma el hecho de que la Tierra es redonda converja fácilmente en una simple fotografía, hay teorías científicas cuya información que las confirma aparece dispersa y que para darle coherencia se requiere un mayor esfuerzo intelectual que el de simplemente ver una imagen. Si es que contamos con fuertes prejuicios en contra de las conclusiones a las que llegan dichas teorías es muy probable que no hagamos el esfuerzo mental que requiere “hacer embonar las piezas”.

Es principalmente este fenómeno idiosincrático el que se encuentra detrás de la falta de aceptación de la teoría evolutiva y muy probablemente lo va a estar cuando aparezca una teoría que empiece a dar explicaciones sobre nuestra subjetividad haciendo embonar la evidencia experimental con que se cuenta, como en los esbozos teóricos sobre una ciencia de la conciencia de Daniel Dennett. El trabajo de Dennett es muy polémico porque las conclusiones a las que llega para hacer embonar las evidencias experimentales de la psicología y la neurociencia y nuestra subjetividad desacredita nuestro sentido común en cuanto a la forma en que experimentamos nuestra vida interna.

Lo que reporta la mayoría de las personas sobre su experiencia de en qué consiste ser conciente de algo es que la conciencia es un fenómeno lineal y secuencial, es decir que podemos intuitivamente dibujar una línea de tiempo y acomodar aquellos hechos de los que somos concientes en cierto orden. Otra conclusión común arraigada es que cuando realizamos un acto voluntario la conciencia de querer hacer algo aparece antes de hacer ése algo.

Lo fascinante es que existen experimentos psicológicos que contradicen a este sentido común. Un ejemplo es el llamado “efecto phi” en el que se pone a un sujeto a observar dos focos de diferentes colores (rojo y azul, por ejemplo), encendiendo y apagando uno y después encendiendo y apagando el otro, en lapsos de tiempo de milisegundos entre los encendidos y apagados de los focos. Para ciertos lapsos los sujetos reportan ser concientes de una sola luz que se mueve y cambia de color en algún lugar entre los focos… ¿Cómo es que nuestro cerebro llega a esta conclusión cuando, después de que se encendió y apagó el primer foco aún no se ha recibido la información del segundo? Si entendemos a la conciencia como un proceso secuencial hay dos opciones para “explicar” lo que pasa: experimentamos las luces encenderse y apagarse y después nuestro cerebro rellenó el espacio intermedio (Dennett llama a esto un proceso “orwelliano”) o bien experimentamos el rellenado desde un inicio como una ilusión óptica (Dennett llama a esto un proceso “estaliniano”.)

Otro ejemplo es el famoso experimento de Libet en el que se conecta un electrodo a la parte motriz del cerebro de una persona, que tiene que ver con el movimiento de su dedo índice y se le dice que a voluntad mueva el cursor en una pantalla de computadora pulsando una tecla. Lo que la persona no sabe es que el cursor además de moverse por la presión del teclado puede moverse mediante el electrodo. Lo que los sujetos reportan es que cuando deciden mover el cursor este se mueve antes, es decir es como si las acciones se adelantaran a la decisión conciente de realizarlas.

La sensación de que la conciencia es un fenómeno lineal se complementa con la creencia de que existe en nuestro cerebro algo así como un cuartel central, a lo que Dennett llama el “teatro cartesiano”, en el que al entrar la información esta se vuelve conciente. Otra de las propiedades atribuidas a este teatro como “locus de la conciencia” es que allí reside nuestro yo y que es el centro de nuestra voluntad. Hasta el momento la evidencia de la neurociencia confirma que no hay algún lugar privilegiado en el cerebro en el que converjan las decisiones volitivas, no hay “neuronas pontificias” sino más bien cada acto depende de una red de procesos paralelos ejecutados a diferentes ritmos.

Para hacer encajar la evidencia experimental de este tipo Dennett propuso el modelo de las versiones múltiples, que consiste en asumir que la conciencia no es un proceso secuencial sino un proceso paralelo, no una secuencia causal sino una red causal en la que en cada momento diferentes aspectos de una experiencia son procesados en forma paralela a diferentes ritmos por diferentes partes del cerebro, y que lo que experimentamos como conciencia es la “narración” que se elabora a partir de algunas de estas versiones. Ya que las versiones se procesan a diferentes ritmos es imposible establecer un instante preciso en el que somos concientes de algo. Si la conciencia no es un fenómeno secuencial y si no hay teatro cartesiano la diferencia entre proceso estaliniano y proceso orwelliano es una diferencia que no hace diferencia, por lo que seguir pensando de esta forma es como seguir empeñado en pensar que la Tierra es plana habiendo visto una foto de ella.

Dennett ejemplifica su modelo de las versiones múltiples mediante el proceso de edición de un escrito, que está sujeto al escrutinio y sugerencias de diferentes personas. ¿En qué momento preciso apareció la versión final del escrito? Puede que podamos delimitar esta aparición con una precisión de meses, días e incluso horas, pero buscar una mayor precisión no tiene sentido.

Un ejemplo que se me ocurrió es el de los atentados del once de septiembre. ¿Cuál es el mínimo lapso de tiempo en que se puede concluir que sucedió lo que la historia, o bien la “conciencia colectiva” de las masas, coincide en señalar como el 9/11? La información con la que se construyó la narración de lo que sucedió provino de múltiples observadores que, dependiendo de lo que les tocó vivir, en su narración ponen más énfasis en diferentes momentos. Al mismo tiempo es imposible que la versión final se construya tomando en cuenta a las narraciones de cada uno de los neoyorkinos.

Una consecuencia importante de esto último es que pone énfasis en lo crucial que resulta el separar de entre las versiones múltiples aquellas relevantes de las que no lo son, por lo que se pone en tela de juicio la idea de la “percepción pura” puesto que en todo momento nuestro cerebro tiene que resolver el problema de inferir qué versiones son buenas, cuáles no y cómo construir o suplir la información de aquellas versiones que no se tienen. El que las inferencias estén antes de lo que experimentamos concientemente es algo que se confirma mediante la existencia de las ilusiones ópticas. Una ilusión es una inferencia equivocada elaborada a partir de un arreglo especial de versiones múltiples.

¿Cómo es que no nos damos cuenta de los puntos ciegos de nuestros ojos, a pesar de que nos tapemos uno? ¿Cómo es que experimentamos movimiento en la imagen que aparece al inicio de este escrito cuando sabemos que no lo hay? Si están pensando que así es como lo experimentan antes de ser concientes de ello o bien que su conciencia está “tapando agujeros” y moviendo cosas que no experimentaron, ya cayeron en la trampa de lo estaliniano vs orwelliano que no los va a llevar a ningún lugar.

Como pueden ver una ciencia de la conciencia pinta para ser altamente contra intuitiva. Si la teoría evolutiva encuentra como barrera a las creencias religiosas una ciencia de la conciencia chocará contra la subjetividad de las personas, contra la forma como experimentan su vida interna. Esto se confirma con el hecho de que hasta el momento no ha aparecido una propuesta intuitiva que haga encajar la evidencia experimental de la forma en que lo hace la de Dennett.

Otros de los aspectos de la propuesta de Dennett que me faltó tratar son que la idea del yo como algo trascendental-inmaterial (algo que existe independientemente y más allá del cuerpo) desaparece para dar lugar a lo que denomina un “centro de gravedad narrativo”, y que lo que los filósofos denominan qualia (lo que está detrás de la intuición de que nadie puede saber lo que se siente ser tú) simplemente no existe… pero creo que ya me extendí demasiado y que probablemente ya estén algo mareados, así que:

Continuará…






1.5.06

Lo debido y lo posible

¿Es prioritario para la vida construir un modelo coherente de la realidad? Más que obtener conocimiento verídico lo que resulta inmediatamente necesario para un organismo es realizar las inferencias sobre su entorno -sobre lo posible- que le permitan salvar su pellejo y reproducirse y, dependiendo de las capacidades con las que la evolución lo dotó, de las regularidades encontradas en esas inferencias es de donde surge su versión de la realidad y con ella su verdad. En pocas palabras más que saber si algo es real o verdadero a la vida lo que le importa primero es qué se puede inferir, qué es posible.

Una forma rápida de hacer inferencias sobre fenómenos complejos (y en ocasiones no tan complejos) que no podemos o no queremos detenernos a analizar a detalle es atribuirles fines o intenciones (véase Cuestión de enfoques). Si bien en muchas ocasiones esta argucia rinde buenos frutos hay otras tantas en las que no.

Una mente que vive inconscientemente prodigando fines e intenciones, tomando este enfoque no como argucia sino como única forma de interactuar con el entorno, se convierte en lo que llamo una “máquina de fatalidad perpetua”, ya que una realidad sujeta exclusivamente a la intención y creaciones de entes sólo puede adquirir unidad a través de la culpa.

Por ejemplo, supongamos que soy un agricultor que vive intentando predecir el clima a largo plazo pensando en que está sujeto a la voluntad de un ente. Ya que es muy factible que me equivoque en más de una ocasión, y generalmente muy en mi perjuicio, mis errores se vuelven en mi mente atribuciones de culpa ya sea a mí mismo, caso en el que hago entendible la actitud del ente como castigo ante mi trasgresión de un deber, o culpa hacia el ente trasgresor del mismo. Como resultado aparece un universo regido por una caprichosa moral: lo debido subordina a lo posible.

Curiosamente si considerara mi enfoque del problema como una hipótesis el que me equivocara podría hacerme pensar en sustituirla por otra, pero al achacar mi error a la culpa lo único que hago es reforzar mi hábito de atribuir fines e intenciones. Si recordamos que científicamente hablando el clima es un fenómeno caótico, que es virtualmente imposible realizar predicciones de él a largo plazo, queda claro cómo al atribuirlo a una voluntad introduzco (cual pecado original) la fatalidad al mundo: abro las puertas a considerarme infinitamente culpable, quedando potencialmente a merced del vil aleteo de una mariposa antípoda.

30.4.06

¿Dónde están los chícharos de la memética?

Hay especulaciones científicas que tienen la mala suerte de volverse tan populares, de ser tan psicológicamente atractivas, que independientemente de si en el futuro llegan a volverse ciencia se cuelan en el vocabulario de la sociedad y la delimitación de su significado llega a relajarse tanto que acaba por decir poco.

Un ejemplo clarísimo fue cuando Kuhn puso de moda la palabra “paradigma”, que en un inicio estaba enfocada exclusivamente a la descripción de la forma en que una comunidad científica entiende su campo de estudios, las entidades que lo conforman (su ontología) y cómo representar e interactuar con dichas entidades; mas de repente medio mundo empezó a ver paradigmas hasta en la sopa al grado de que cuando alguien pronuncia la palabra no queda claro a qué se refiere.

Desgraciadamente esto mismo está sucediendo con la memética. De todas las personas que hablan sobre memes (véanse ContágiaME MEtáforas y Merry Kitschmas!) pocos tienen alguna noción de los límites conceptuales de esta peligrosa idea, lo que se debe a que realmente no se tiene una definición más o menos objetiva en la que la comunidad de científicos que la aceptan coincida.

La idea de que la evolución es un proceso natural que además de darse en la biología se da también en la cultura no es nueva, las primeras interpretaciones evolutivas de la cultura empezaron poco después de que Darwin presentó su teoría (como ejemplo tenemos el trabajo de Spencer). Más o menos al mismo tiempo de que Dawkins creó la idea del meme había gente que se dedicaba a utilizar métodos de genética de poblaciones en estudios antropológicos… ¿Qué tiene de especial entonces la propuesta de Dawkins?

Lo interesante de la propuesta de Dawkins es que introdujo la idea de que existen unidades de herencia culturales sobre las que se sustenta la evolución de la cultura, como una extensión de la idea de los replicadores egoístas como motores de procesos evolutivos en general, a lo que también se llama darwinismo universal (véanse La guerra que nos mueve y El otro creacionismo). No mucha gente se sintió halagada con este retrato de la cultura, por considerarlo reduccionista, sobre todo aquellos que trabajan en el campo de las “humanidades” y que ven en la memética una sobre simplificación del ser humano y a sus proponentes como una horda de “outsiders” iletrados que quieren comerles el mandado.

Dentro de las críticas serias quizás las más importantes sean las de los antropólogos, que ante la indefinición de la memética dan a entender que, a menos que se delimite adecuadamente la idea de “replicador cultural”, dicha indefinición hace patente que no se ha descubierto ningún hilo negro, que la memética no es más que otra ideología y que a la hora de la práctica sus métodos acabarían reduciéndose a los de la antropología.

El problema de raíz que tiene estancada a la memética es que no parece haber una definición objetiva, con condiciones suficientes y necesarias, de lo que llamamos “cultura” como para decir que podemos encontrar las unidades a través de las cuales se hereda. Si uno trata de hacer el paralelismo con la biología, los genes (genotipo) residentes físicamente en el ADN son quienes codifican a un organismo como nos lo encontramos en la naturaleza, con la fisiología que lo caracteriza (su fenotipo)… ¿dónde residen físicamente los memes?

Todos los teóricos han coincidido en asumir que los memes residen de alguna forma en el cerebro, esperando a que los avances de la neurociencia confirmen algún día esta hipótesis y dando origen al campo llamado “Darwinismo neural”, en el que se cree ya hay suficiente evidencia experimental para entender cómo es que pueden darse procesos de replicación de estructuras neuronales en capas de la corteza cerebral. Sin embargo decir que algo identificable físicamente en el cerebro codifica a algo externo perteneciente a la experiencia humana es remitirnos al eterno problema (algunos dirán EL PROBLEMA) filosófico de la relación mente-cuerpo, al que por cierto pocos de los teóricos de la memética llegan siquiera a mencionar aunque en sus propuestas acaben adoptando una posición frente a él. Con esto se llega al paralelismo de que la dualidad mente – cuerpo es el equivalente memético de la dualidad genotipo – fenotipo.

La primera evidencia experimental de la transmisión de unidades de herencia y por tanto de la validez de la dualidad genotipo – fenotipo fueron los célebres experimentos con chícharos que realizó Mendel. Es justamente una evidencia experimental de este tipo pero en torno a la relación mente – cuerpo lo que daría el indiscutible estatus de ciencia a la memética más allá de mera especulación, con lo que podría por fin empezar a hacerse memética en lugar de sólo seguir hablando de ella, como lo diría Hull.

Todo lo anterior indica que la ciencia cognitiva será crucial para la fundación de la memética. La sospecha que tengo es que la necesidad es mutua, que el entendimiento de la relación mente-cuerpo requiere de ideas sintéticas sobre sistemas complejos de tal poder que solamente el darwinismo puede proveer, como no se cansa en señalar Dennett.

Mientras se trabaja en encontrar los chícharos de la memética (trabajo del que espero formar parte, si no es que ya formo parte), desde el punto de vista filosófico la memética tiene suficientes razones de ser. Como forma de entender a la humanidad es única ya que propone que el motor de los cambios en las sociedades humanas no es muy distinto al que mantiene a la vida sobre este planeta, que estamos más emparentados a las necesidades de la vida de lo que creemos, que incluso dedicarse a envenenar la mente de las personas en contra de la vida -como lo han hecho muchas tradiciones religiosas- es a su vez otra forma de vida, puesto que eso que llamamos cultura es capaz de ver por sí mismo con o sin nuestro beneficio de por medio.

16.3.06

La profecía de ser quien eres

Cada que veo la trilogía de Matrix, sobre todo al analizar las líneas de diálogo entre Neo y la Pitonisa y el arquitecto, me queda más fija la certeza de que no había algo especial que calificara a Neo para ser el elegido, es decir que no fue el elegido por ser Neo sino por darse cuenta de que se necesitaba un elegido para salvar a Morfeo y a Trinity –ah, y a la humanidad. En pocas palabras es un bonito ejemplo de una profecía autocumplida.

Lo que sospecho ahora es que decir “profecía autocumplida” es un pleonasmo, tal como lo confirman las tragedias griegas. ¿Por qué es que en todas las religiones las llegadas de mesías se cumplen precisamente en la cultura que dio origen a la profecía? (Las únicas excepciones a la regla que conozco parecen ser las búsquedas de niños “dotados” que llegan a realizar más allá del Tíbet los budistas tibetanos). Imaginemos el siguiente oráculo: “se vaticina la llegada del salvador de la charrería, quien hará del mundo entero el reino de los charros.” ¿Alguien me creería si le dijera que tengo la certeza de que tal salvador es un violinista ruso parapléjico? Obviamente nadie.

Cuando se espera la llegada del cartero da igual que se llame Juan o Pedro, mas se supone que posea las cualidades para desempeñarse como cartero y se nos haría difícil esperar que viniera desde Rusia… es decir cuando se espera un rol la identidad viene sobrando. El caso curioso aparece cuando no tenemos claro qué cualidades califican a alguien para desempeñar un rol, como por ejemplo el rol de “hijo de Dios” o “elegido” o, para no ir tan lejos y sí a donde quiero llegar, del propio “yo”.

Así como Neo fue el elegido por asumir el rol para salvar a quienes amaba, así como Edipo mató a su padre por asumir la inminencia del cumplimiento de una profecía, pienso que todos tenemos identidad no porque exista una esencia del ser quienes somos, sino por asumir un rol, por asumirnos, por ser personajes de la estructura narrativa que nos gusta atribuir a la realidad y en la que descansa nuestra conciencia (véase A bluffing mind). Aquellos que en algún momento de su vida intentan apartarse de todo para conocerse a sí mismos llegan al mismo absurdo de que sin rol que asumir simplemente no existen. La identidad es un efecto, no una causa… elegidos sean (jajajajaja).


11.3.06

A bluffing mind

Hablando de Dennett, dentro de sus hipótesis en torno a la conciencia una de las principales es que la experiencia consciente está sustentada en atribuir a la realidad una estructura narrativa, que ser consciente es ser autor de ficciones y que este proceso creativo se da independientemente de la veracidad de dichas ficciones… en pocas palabras que en nuestras mentes el que haya ficción es más elemental que el que haya veracidad.

Esto explica por qué una novela o película puede ser muy buena y al mismo tiempo estar plagada de mentiras. Ignorando los casos en que se mienta con el propósito principal de ocultar una verdad, los más interesantes son quizás aquellos en que se sacrifica la verdad con el fin de hacer a una historia más atractiva o más narrable. El problema aparece cuando tratan de hacerse narrables experiencias claramente inenarrables como son las labores intelectuales, tal es así que los retratos cinematográficos del quehacer científico a los verdaderos científicos muchas veces acaban causándoles risa.

Un ejemplo clarísimo es la película “A Beautiful Mind.” Sin contar con que la comunidad psiquiátrica coincidió en calificarla como un mal retrato de la esquizofrenia, la construcción del personaje de Nash se sustentó en la representación de la “pasión” del genio, enfrentando el problema de cómo hacer narrable una pasión tan inaccesible a la mayoría de las personas, por lo que acabó cayéndose en algo que a quienes tenemos una noción del significado de dicha pasión nos parece una mala caricatura.

Me acuerdo que Rockdrigo Salmón y yo solíamos jugar a que cada que llegábamos a un salón de clases y encontrábamos a gente de la clase anterior nos poníamos a platicar en voz alta y a rayar el pizarrón inventando tarugadas atiborradas de falsos tecnicismos, así como: “pienso que la hipervarianza fractalo integral de tus cálculos tiene error de orden theta…” que para quien no entendía podría parecerle fumado-apantallador. Si ya entendieron de qué hablo entonces coincidirán también en que este tipo de “blofeo” (entiéndase por el engaño –bluff- en el poker, perdón por el pocheo) es sobre el que los guionistas suelen construir a los personajes de películas.

Algunos dirán que soy un purista, que en realidad estos detalles son irrelevantes para contar una buena historia, lo que a mí me preocupa es que a diferencia de que el hacer un mal retrato de la labor de un bombero probablemente no influya en que los verdaderos bomberos cambien su forma de trabajar puesto que no depende de cómo se narre, cuando se intenta retratar la labor de alguien que se dedique a estudiar entes abstractos -como la conciencia- el cómo hacerla narrable influye en la misma labor. Como lo señala Dennett la conciencia es uno de esos fenómenos que dependen de la idea que se tiene de ellos.

Nada más para mostrar el extremo al que se puede llegar en pos de una narración les pongo de ejemplo la escena de “A Beautiful Mind” en donde se muestra cómo el protagonista llega a la idea de lo que se llamaría en su honor “equilibrio de Nash.” En teoría de juegos se dice que hay un equilibrio de Nash cuando para cualquier competidor el cambiar de estrategia sólo le da peores resultados.

En el caso de la película se tiene el problema de cortejar a un grupo de mujeres entre las que se encuentra una rubia atractiva, por lo que Nash llega a la idea de que ignorándola todos incrementan sus posibilidades de quedarse con una de las demás, mientras que si todos se fueran sobre la rubia muy probablemente los rechazaría a todos y las demás no los pelarían. Siendo las dos posibles estrategias 1. llegarle a la rubia y 2. no llegarle a la rubia, si todos acuerdan en la segunda existe la posibilidad de que si alguien traiciona a los demás y corteja a la rubia esto puede darle mayores ganancias, por lo que el acordar en no cortejarla no es un equilibrio de Nash…

5.3.06

El eudemonismo es un eufemismo

¿Eres feliz? ¿Cómo sabes? ¿Cómo puede compararse tu “felicidad” con la de alguien más?

Responder estas preguntas es sumamente difícil, en lo personal creo que son preguntas tan sin sentido como cuestionarse sobre la existencia de Dios y sobre cómo saber si existe, y qué implica en todo caso que existiera… he aquí por qué llego a esta conclusión:

Independientemente de lo que pase en tu vida jamás sabrás si hubieras obtenido mayor satisfacción de alguna otra forma, y curiosamente entre más te preguntes si eres feliz más probable es que caigas víctima de este estado de angustia del “hubiera”… de hecho es precisamente este potencialmente inagotable estado de insatisfacción el que define al sufrimiento dentro del budismo. En pocas palabras: si no hay forma de saber si en otras circunstancias hubieras sido más feliz, independientemente de lo que hagas tu infelicidad es potencialmente infinita.

Por el otro lado, siempre encontrarás personas cuyas desgracias serán mayores que las que piensas son tus desgracias, lo que significa que si quisieras construir una “escala de la felicidad” yendo de cero a infinito siempre estarás infinitamente lejos de la máxima felicidad alcanzable y siempre habrá alguien más infeliz que tú… ¿para qué perseguir la felicidad entonces? Revisemos cuales supuestos implícitos llevan a la última conclusión:

· La felicidad es conmensurable.

· La felicidad es proporcional a la satisfacción.

· A mayores desgracias, menor felicidad.

Si alguno de estos supuestos es falso -que es lo más probable- ¿para qué diablos hablar de felicidad? ¿Para qué diablos compararla y perseguirla, si no sabemos siquiera qué significa? Hay un sistema filosófico llamado eudemonismo que postula como fin ético la felicidad de los individuos. Después de lo que he expuesto queda clarísimo por qué aquel demonio teutón llamado Arthur Schopenhauer escribió alguna vez que el eudemonismo es un eufemismo

La felicidad vive entre nosotros no por ser definible y delimitable, sino porque acordamos en buscarla (véase En acuerdo categórico); se repite entonces el patrón memético de que algo se propaga a expensas del ser humano independientemente de si lo beneficia o no (véase Merry Kitschmas!).

El único estado que me atrevería a llamar MI felicidad es la conformidad absoluta con todo, en lugar de tomarla como el deber ser de lo que me acontece, estar abierto a lo posible independientemente de lo que sea. En pocas palabras dejar de buscar la felicidad y comenzar a vivir…

Esto me recuerda al colmo platónico de quedar tan abstraído en conocerse a uno mismo al grado de olvidarse de uno mismo (jajajajaja).

¿Por qué hablé en un principio de la existencia de Dios? Porque en mi opnión Dios es el deseo de alcanzar lo inalcanzable: unificación de la totalidad, compañía en la soledad, protección en la invalidez, algo en la nada, y como tal se gana la vida por maltrecho que esté, adquiriendo poder de la impotencia… ¿será capaz de promoverla en pos de su supervivencia?

Les dejo de tarea que aten los cabos sueltos…

21.2.06

El animal culpable

Más que desarrollar una noción del yo, para que un grupo de animales adquiera el tipo complejo de relaciones sociales que distinguen al ser humano lo inmediatamente necesario parece ser el que sean sujetos de culpa, para hacerse responsables por los actos que realizan de acuerdo a un rol social. El poder interiorizar al castigador para reprimirse es lo que distingue al ser humano como animal neurótico (véase Las monerías de lo cautivo), correspondiendo este castigador con el súper yo del psicoanálisis.

¿Es posible que un animal acceda a un rol social de tipo humano sin que medie la neurosis? ¿Es posible que el yo haya aparecido en nuestra especie antes e independientemente del súper yo? Si llega a demostrarse, como sospecho, que el súper yo tiene asociada su propia unidad de herencia, así como el ello tiene asociado a los genes (véase El error fundamental), esto sería una evidencia que apoyaría la idea de que la culpa es suficiente para incrementar la complejidad del trato social de una especie y que las identidades son por tanto productos secundarios de estos tratos y de la convivencia de las unidades de herencia que los justifican.

Este análisis puede llevarse a la diferencia existente entre las ideas centrales en torno a las que giran el cristianismo y el budismo: la culpa y la compasión (respectivamente)… ¿cuál apareció primero, evolutivamente hablando? ¿puede ser una adaptación de la otra?

Si la culpa es primordial al yo como lo sugiere la visión de la memética que he expuesto la compasión es una especie de adaptación de la culpa ya que no podría hacerse propio un acontecer ajeno si no hay identidades y si las identidades recaen primeramente en la culpa. Quizás esto explique por qué la idea del pecado original es tan persistente y tan psicológicamente poderosa mientras que no parece haber una idea de “compasión original” que se le compare puesto que su significado budista en su forma más pura, como la iluminación, resulta inaccesible para la mayoría de las personas.

Tal parece que los medios de la oscuridad siempre serán más poderosos por apelar a las raíces de nuestra psique. A dar a sombra aprende…

16.2.06

Fascinación por la nada

¿Por qué la nada, en todas las variantes metafóricas en que se nos aparece, suele tener connotaciones negativas? ¿Por qué tememos tanto caer presos en manos del nihilismo?

En una forma pragmática podemos definir al nihilismo como la sensación de que alguna valoración carece de fundamentos, de que no es sustentable. Mientras que al encontrar este sentimiento al comprobar la caducidad y fatalidad de ciertas costumbres y valores morales solemos sentir desazón y por tanto tendemos evitar el inquirir demasiado en ellos, la ciencia es ciencia renovando sus modelos de la realidad, como la serpiente que muda de piel.

¿Por qué decir que nuestra vida está regida por átomos no causa la misma sensación que decir que está regida por genes y memes? ¿A qué tememos como especie? Tememos a una humanidad reducida… aunque no sabemos qué significa. Es nuestra fobia hacia la natura humana y como tal no estamos prevenidos contra ella, necesitamos habituarnos paulatinamente para que no nos cause pánico.

A pesar de que dentro de la comunidad científica siempre hay personas dogmáticas reacias a cambiar sus paradigmas (al final siempre acaban ganando las evidencias) habemos otros a los que la búsqueda del sentimiento de la nada como la antesala a nuevas formas de concebir la realidad nos subyuga, tanto así que llega a permear nuestra forma de ver el devenir de la moral y las costumbres previniéndonos así de sus avatares…

¿Cómo compartir esta fascinación por la nada? Es ella tan indistinguible a la infatuación sentida por la más bella, caprichosa, armoniosa, próxima, desdeñosa, lacónica, elocuente, caótica, dadivosa, cruel y trágica de las doncellas, aquella que llamamos naturaleza.

En acuerdo categórico...

Tal parece que el subconsciente colectivo de occidente necesita siempre estar en “acuerdo categórico” con algo, lo cual, como lo sugiere Kundera, es el germen del Kitsch, más allá de la valoración estética como la valoración en general (véase Merry Kitschmas!).


Es indiscutible la decadencia del acuerdo categórico con el ser visto a través de Dios, como lo muestra el posmodernismo, debido a los traumas históricos del siglo pasado y de lo que lleva el presente, a la visión de la realidad develada por la ciencia que ha resultado generalmente en contra de las expectativas que se tenían sobre ella (véase Gödel y la negación absoluta de la mierda), así como al fortalecimiento del fanatismo… lo que ha desembocado en que se busquen inconscientemente motivos de coincidencia más humanamente universales, y por tanto más abstractos. En especial me llama la atención el auge del amor como el implícito acuerdo sustituto de Dios.


Se ha vuelto cada vez más común la exaltación del amor como motivo de unión entre todos los seres humanos, mas a diferencia de las ideas religiosas que traen anexas un fardo dogmático a través del cual la naturaleza abstracta de Dios se concretiza en algo cultural, el amor sigue siendo demasiado abstracto, independientemente de cómo aleguemos experimentarlo cotidianamente.

¿Qué puede el amor? Como lo indica la historia de la religión un acuerdo categórico hace manifiesto su poder generalmente no porque el objeto del acuerdo en realidad posea los dones que se le atribuyen, sino por el hecho de acordar en él, o como escribiera Nietzsche “la fe no mueve montañas, pero las construye donde no las hay.” Si aplicamos la analogía a nuestro caso el amor adquiere poder en el mundo no por ser un tipo de potencia metafísica trascendental, como se sugiere en sus retratos más melosos, sino por coincidir en él.

Mientras que adherirse a una fe puede implicar ciertos esfuerzos y renuncias ideológicas específicas, entregarse al amor es generalmente ideológicamente gratuito; mas lo que parecería una ventaja se trueca en fatalidad porque al no poder aterrizar las expectativas que tenemos sobre él en la forma en que aterrizamos la fe a través del dogma, que por tanto sirve como medio de contención y encauzamiento de la creencia; quien deposita su fe absoluta en el amor está condenado a buscarlo por doquier y por tanto a tocar a las puertas de la desdicha persistentemente.

Como ya lo he mencionado con anterioridad solemos ir por el mundo atribuyendo intenciones a fenómenos que, bajo una reflexión concienzuda, no requieren de este enfoque (véase Cuestión de enfoques). Es fascinante ver cómo el amor se ha convertido en una fuente inagotable de justificaciones a la intencionalidad y al tratar de encontrar estructuras narrativas por doquier, de lo cual no deja de brindar testimonio la literatura.

Un ejemplo claro de cómo tratamos de encontrar coherencia y justificación a una intencionalidad que a simple vista no entenderíamos mediante otro enfoque es la película “La marcha de los pingüinos.” Más que un documental sobre la fascinante forma de ganarse la vida de estos animales la película acaba convirtiéndose en una “disneylandosa” apología del amor ya que los realizadores decidieron mañosamente incluir románticas líneas de diálogo a las peculiares aves.

Mientras muchos quedan conformes con este retrato de los animales y la naturaleza a los cuales se les adjudica una estructura narrativa justificada en el amor humano que no se ha demostrado tienen, habemos a quienes el contemplarlos sin prejuicios nos interesa más porque curiosamente además de acabar aprendiendo de pingüinos en este caso acabamos aprendiendo más sobre nosotros mismos.

Si lo que se muestra en la película es una antropomorfización de los pingüinos… ¿por qué no nos atrevemos a “pingüinizarnos”? Es como cuando alguien al empatizar con su perro en lugar de decir “qué humano es, nada más le falta hablar” dijera “qué perro soy.”


Una conclusión intrigante resultado de adquirir este tipo de visión es que mucha de la intencionalidad que nos atribuimos proviene no de que tengamos razones comprobables para justificarla, sino porque inconscientemente acordamos en que la realidad tiene una estructura narrativa… como lo señala el filósofo Daniel Dennett en sus estudios sobre la conciencia su naturaleza es tan huidiza e indemostrable porque consiste precisamente en convertirse en lo que llama un “centro de gravedad narrativo”, y por tanto por sí misma es ficticia, sólo aparece cuando uno busca personajes y tramas. En lo personal yo encuentro en esta idea un paralelo con la más pura noción budista del Karma: al atribuir una estructura narrativa a la realidad y considerarnos un personaje lo único que garantizamos es que el drama nunca acabe.

¿Qué implica que algo exista no por sí mismo sino por acordar en él? Si pensamos en acordar como una réplica, el acuerdo categórico con algo se convierte en el prototipo de un replicador cultural, un meme.



3.1.06

El otro creacionismo

“Amo al que quiere superarse creando y así se encamina a su ocaso”

Así Hablaba Zaratustra, Federico Nietzsche.

¿Habrá algún día una confirmación absoluta de la veracidad de la selección natural? Como ya lo he mencionado anteriormente (véase Sobre cómo fui seducido por el lado oscuro de la ciencia) la sociedad tiene estereotipada la labor científica como aquella que realiza la física en la cual todas sus verdades objetivas tienen comprobaciones experimentales reproducibles y simbolizables, y paradójicamente juzga a toda la ciencia con el enfoque físico (véase Cuestión de enfoques), por lo que en este paradigma voltea a ver a la teoría evolutiva esperando pruebas similares que no pueden ser obtenidas debido a múltiples razones, de entre las cuales se destacan:

  • El grado de complejidad implicado en intentar llegar a “demostraciones” en biología es lo que precisamente justifica el que exista como disciplina además de la física, porque si pudiera entenderse la vida en términos enteramente físicos la biología no tendría razón de ser… esta complejidad aparece no solamente por la intrincada estructura molecular de los sistemas vivos sino además por efectos genéticos no lineales (el acoplamiento de las partes es más que las partes por separado, espistásis).
  • No hay acceso a registros fósiles completos del devenir de las especies.
  • Mientras no se violen las leyes de la física y un organismo pueda sobrevivir para pasar sus genes los accidentes, coincidencias y efectos evolutivos secundarios y anómalos (como la llamada “deriva genética”) pueden suceder, lo que no deja de hacer efectiva a la selección natural como mecanismo regulador y explotador de características útiles independientemente de cómo aparecieron.

¿Cómo reivindicar la concepción social de la teoría evolutiva? Lo que es seguro es que va a haber gente que nunca aceptará a la selección natural puesto que va en contra de sus convicciones religiosas, en la misma forma en que nunca reconocerá los logros de la inteligencia artificial como algo tan real como su propia inteligencia (véase ¿Qué es la inteligencia artificial?). Ante esta postura los filósofos de la IA remarcaron que la postura “fuerte” de su disciplina no consiste en tratar de igualar a una inteligencia natural de la cual no tenemos pruebas ni definiciones objetivas sino en la premisa de que todo tipo de inteligencia es artificial per se.

Mi propuesta es que igualmente es posible una “teoría evolutiva fuerte” en donde lo importante no es demostrar si ciertos seres naturales fueron creados por la selección natural sino que todo proceso creativo es evolutivo per se, es decir tomarla más que como principio explicativo como un principio creativo. Esto es una variante de lo que Daniel Dennett llama el “darwinismo universal”.

Dentro de la IA esta postura está representada por el fecundo campo (al que me dedico) de la computación evolutiva (véase ContágiaME MEtáforas), donde se generan procesos evolutivos para explorar espacios de búsqueda con el fin de resolver problemas de diseño y optimización, obteniendo resultados sorprendentes que muchas veces a un ser humano le serían difíciles de encontrar. Al mismo tiempo hay teorías de ciencia cognitiva que explican la forma en que los seres humanos aprendemos y resolvemos problemas que se apoyan en modelos de tipo evolutivo, como son los sistemas adaptables de clasificadores.

Este principio creacionista nos revela cómo el arte le queda a los científicos a la vuelta de la esquina… auguro que el día que la sociedad sea capaz de apreciar este arte sin precedentes entraremos en una clase de nuevo renacimiento.

¿Qué tipo de arte sería aquel que no se presenta como paliativo de la realidad, sino como su aprehensión, por cruel y despiadada y sin miramientos que sea, como es la naturaleza, sin deus ex machina?

Bienvenidos a la tragedia.

Cuestión de enfoques

De acuerdo al nivel de complejidad de las cosas que nos rodean solemos clasificarlas con tres principales enfoques: el enfoque físico, el enfoque del diseño y el enfoque intencional.

El enfoque físico corresponde a juzgar a los objetos de acuerdo a las leyes de la física, es decir de forma materialista. A pesar de que sabemos que todo lo que percibimos es en última instancia material entender todo con este enfoque es muy difícil por la complejidad implícita del fenómeno de la vida. El enfoque del diseño corresponde a cuando suponemos que alguien o algo diseñó los objetos que nos rodean, es decir que debido a sus características tienen algún propósito o fin que cumplir. Finalmente el enfoque intencional corresponde a cuando atribuimos comportamiento intencionado a los seres que nos rodean.

A pesar de que desde un punto de vista científico es precisamente en este orden (físico > diseño > intencional) como la materia se “aglomeró” y evolucionó hasta llegar al ser humano la evolución de la cultura ha ido en sentido contrario, empezando por atribuir intenciones a objetos que no la tienen y luego diseño a objetos no diseñados… hasta que surgió la ciencia y se empezó a ir en la dirección causalmente “correcta”, mas las huellas quedaron plasmadas en las principales tradiciones religiosas y en nuestra psicología … de hecho es muy probable que estemos programados de esta forma por la evolución ya que quizás les resultaba más útil para sobrevivir a los seres humanos primitivos el ir por el mundo atribuyendo diseño e intenciones.

Con este panorama es fácil ver cómo ni los “fenómenos” del diseño ni los intencionales pueden ser causas físicas, puesto que ellos emergen de la física y no al revés: ni mi cuerpo ni mi voluntad ni mi fe pueden cambiar el valor numérico de la aceleración de la gravedad… es este un punto fundamental en el que la ciencia y la religión difieren puesto que esta última está fundada en la ignorancia de esta unidireccionalidad de las causas físicas y en la supervivencia como prácticas sociales que les garantiza promover ideas psicológicamente atractivas aunque alejadas de la realidad (véanse Merry Kitschmas!, ContágiaME MEtáforas y El error fundamental). Es por esto que la teoría evolutiva resulta incómoda por explicar el punto de transición hacia lo diseñado y la inteligencia artificial por intentar explicar el punto de transición hacia lo intencional.

Mientras que en un nivel materialista sólo hay causas físicas en el esclarecimiento de las relaciones causales existentes entre el diseño y la intención va implícito el entendimiento de cómo emergen la creatividad y el libre albedrío.

El error fundamental

Asumir que tenemos acceso a algo más allá de toda posible experiencia de nuestros cuerpos, que hay trascendencia (véase La caída del velo de la trascendencia), es el error en que se basan los prejuicios en contra de la ciencias abocadas al estudio de la emergencia del “diseño” de los organismos y de la intención.

Mientras nuestras experiencias en bruto, lo que los filósofos denominan “qualia”, en sentido estricto son evidencias físicas y nada más, el pensar que las abstracciones que hacemos de ellas son lo que justifica su existencia es una forma de confundir al diseño y a la intención como causas físicas. Las confusiones de este tipo son el origen de las más enraizadas creencias culturales, tanto así que acaban permeando incluso al pensamiento científico puesto que es muy frecuente entre la comunidad científica el prejuicio de que la lógica y las matemáticas son más fundamentales que nuestras experiencias (véase Las vaguedades del lenguaje) cuando es al revés, como lo señalan los recientes hallazgos de la ciencia cognitiva.

Desde un punto de vista memético resulta obvio que este error es bastante apto para sobrevivir y reproducirse en múltiples variantes, tanto así que es un digno estereotipo del devenir de la cultura, pues el motor de la cultura es sobrevivir a expensas de las experiencias de la gente y necesita de la trascendencia no porque sea real sino porque en pretenderla le va ser lo que es, está fundada en su ilusión…

Es el conflicto de intereses entre la herencia cultural (memes) y la herencia biológica (genes) el que distingue al ser humano como animal neurótico (véase Las monerías de lo cautivo). La herencia de los genes es lo que se encuentra detrás de las pulsiones sexuales, del ello, mientras que los memes están detrás de las exigencias de la conciencia moral, del súper yo. Desde este punto de vista memético - psicoanalítico resulta claro cómo el yo es la única parte de la estructura psíquica de los individuos que no cuenta con unidades de herencia, puesto que los qualia que constituyen la experiencia subjetiva de las personas no pueden replicarse, ya que siendo estrictos sólo tenemos acceso a nuestros propios qualia: estamos condenados a nuestra subjetividad.

Mi postura es que el yo es un producto secundario y dependiente de la comunidad memes-genes; asumir su independencia es otra forma de trascendencia, lo intuitiva y culturalmente normal no porque sea verdadera sino porque ayuda a perpetuar la comunidad y con ella las unidades de herencia implicadas… El esclarecimiento de la relación de dependencia existente entre el error de la trascendencia y la ilusión del yo es un punto de coincidencia con el budismo al que acaba llevándonos la memética, quizás inevitablemente.


¿Es este error necesario para vivir? Creo que depende a quién o a qué se le pregunte.


13.12.05

Merry Kitschmas!

La elegancia de la teoría del gen egoísta para explicar los procesos evolutivos (véanse La guerra que nos mueve y ContágiaME MEtáforas) recae en que basta que exista algo capaz de replicarse que sea fecundo, que “viva” lo suficiente para poder replicarse y que cada que se replica lo haga fielmente aunque con una pequeña probabilidad de variación… Gracias a este proceso estúpido, estúpido en el sentido de que no hay algún tipo de diseño consciente detrás de él, emerge la complejidad y belleza de la vida que nos rodea y que somos. El que haya un replicador que se beneficia replicándose es el motor del cambio en la evolución.

Si los seres humanos somos resultado de la evolución, ¿por qué parece que adoptar el punto de vista de los genes egoístas no nos es suficiente para explicar nuestra cultura como un proceso natural? El que esto suceda cae como anillo al dedo de la cultura y las costumbres que nos educan a vernos más allá de lo que sucede en el resto de la naturaleza.

La hipótesis plausible para entendernos como un resultado evolutivo surgió cuando Dawkins propuso que en el nacimiento de la cultura lo que sucedió es que apareció un nuevo tipo de replicador: los memes. Desde el nacimiento de esta peligrosa idea se han dado innumerables debates sobre su utilidad, la comprobación de su eficacia y en todo caso los posibles beneficios del desarrollo de la memética… el debate aún continúa (en un futuro dedicaré espacio para tratar más a detalle las objeciones y contra objeciones a la visión memética de la cultura) y no hay una conclusión definitiva.

¿Por qué para quienes adquirimos el punto de vista de los memes su existencia nos parece tan evidente? Así como cuando en otras especies el hecho de que un individuo se sacrifique por otro más débil no encaja como supervivencia de la especie sino como supervivencia de los genes, la cultura está plagada de actos aberrantes de este tipo, de actos culturales que se repiten y se repiten y se repiten aunque muchas de las veces no acaben beneficiando a alguien, sino a sí mismos al seguirse replicando.

Esta idea de que lo que realmente tiene poder en la cultura es que haya algo que debe replicarse encaja a la perfección con la idea del Kitsch en el arte, el que realmente no importa qué es arte sino consumirlo y consumirlo porque está de moda y que está de moda porque se consume… y que en su forma filosófica Milan Kundera sintetizó magistralmente en la frase “la negación absoluta de la mierda” o bien “el acuerdo categórico con el ser”.

En mi opinión no hay temporada más apoteósica del Kitsch que la navidad. Es increíble el bombardeo audiovisual con el que uno se ve hostigado en absolutamente cualquier lugar en que se encuentre… cada que entro a un centro comercial en estas épocas me acuerdo del propagandismo nazi, de cómo uno se encontraba swásticas por doquier, sólo que en su lugar uno no deja de ver esferitas y nieve y gorritos y bastoncitos y renos y de escuchar cantos propagandísticos cursis (por lo menos los nazis escuchaban a Beethoven y a Wagner, jajajaja)… Es paradójico que la navidad sea la época del año en la que hay más gente enferma, más gente se deprime y se suicida, la gente recibe más dinero, más consume y se endeuda más, acabando con la conocida cuesta de enero (cuesta en todos los sentidos).

Es muy probable que usted lector esté pensando en este momento que soy un Grinch amargado, y muy probablemente esté en lo correcto… no es mi objetivo retraerlo de su “acuerdo categórico con la navidad”, sólo le dejo en el aire la pregunta:

¿Disfruta usted la navidad o la navidad lo disfruta a usted?

La tragedia de los consumidores

Cuando le preguntas a una persona común y corriente en qué forma puede ayudar a la ecología seguramente te va a decir que separando la basura o plantando árboles o alguna acción obvia de ese tipo, mas raramente te dirá que cambiando sus hábitos de consumo… hay personas que por no tener geográficamente cerca un lugar con deterioro ambiental creen que no lo dañan, mientras que lo que consumen tiene que provenir forzosamente de algún lugar. Este enfoque donde lo que importa es cuál es el lugar último en que recaen los efectos de nuestros hábitos es a lo que se le ha llamado la “huella ecológica”.

La idea central es que cada quién deja la huella ecológica de lo que consume, huella que suele ser entonces difusa por la multiplicidad de lugares de donde se extrae la materia prima con que se fabrica lo que consumimos, por lo que a pesar de la gran magnitud que la huella de una persona puede tener su efecto se percibe como menos dramático que el de un patito bañado en petróleo agonizando en una playa donde acaba de encallar un buque petrolero. ¿Cómo cambiar esta predisposición dramática en la cabeza de las personas por un sentimiento de vergüenza hacia el consumismo?

En 1968 Garrett Hardin escribió un polémico ensayo donde describió “The tragedy of the commons” o “la tragedia comunal” en la que imaginando una comunidad de pastores que compartían tierras para llevar a sus animales a pastar se concluía que, ya que el costo de llevar a los animales a pastar de más es visto como menor al de no hacerlo porque es difuso, tarde o temprano y a pesar de los pactos comunales que se hicieren el pasto se iba a acabar.

Vista a través de la teoría de juegos la tragedia comunal es una variante del famoso “dilema del prisionero” en el que está demostrado que si una persona obtiene mayor ganancia traicionando esto es lo inmediatamente más racional y muy probablemente acabe haciéndolo, salvo que el juego se repita muchas veces y se tenga memoria del comportamiento, caso en el que la cooperación llega a rendir mejores frutos.

Desde este enfoque la tragedia comunal ha sido vista por muchos como la evidencia de que el sistema económico capitalista per se es insostenible, y esto sin añadirle la tradicional ceguera de los economistas con respecto a la ecología y al manejo sustentable de los recursos, ya que para ellos los recursos valen por lo que te cuesta extraerlos, como si lo que me costara un reloj fuera lo que invirtiera en robármelo (ejemplo cortesía del Dr. Oliver Probst). Ya que traigo vuelo, ¿cuál es el colmo de un economista? Pasársela la mitad del tiempo haciendo predicciones y la otra mitad tratando de justificar por qué las predicciones que hizo estuvieron mal.

Desgraciadamente todo indica que lo único que va a cambiar nuestros hábitos de consumo será la escasez. Es una labor titánica convencer a millones de personas de controlar su consumo cuando siempre tendrán la tentación de consumir, del “que tanto es tantito” puesto que visiblemente sólo perciben los efectos en su tarjeta de crédito y en su bote de basura mientras que difusamente forman parte de una avalancha… si hacemos caso al dilema del prisionero vemos que incluso aunque las ventajas por consumir de más fueran mayores que las de controlarse si el juego se repite muchas veces y los jugadores tienen memoria hay esperanza de que se actúe de otra forma que no es inmediatamente egoísta.

Si lo pensamos meméticamente (véanse Merry Kitschmas! y ContágiaME MEtáforas) es evidente que a través del consumo lo que queda patente es que hay algo que está replicándose y replicándose a expensas de un beneficio real sobre nosotros puesto que cada vez deterioramos más nuestro medio. Si coartar tajantemente las libertades de consumo de la sociedad capitalista puede ser visto como un ataque al libre mercado y que puede tener consecuencias económicas impredecibles, el desarrollo de herramientas de “ingeniería memética” para “concientizar” a las masas puede ser quizá nuestra única esperanza de no sucumbir a la tragedia de los consumidores.

Perdidos en los espacios


Las matemáticas aparecieron cuando el ser humano necesitó cuantificar los objetos de su entorno, abstrayendo las características particulares de cada uno –dos ovejas son dos ovejas aunque una sea blanca y otra negra. Sin embargo resulta difícil aseverar el grado de generalidad de una idea matemática ya que no se sabe si existe un punto de vista a partir del cual parezca particular y sea deducible. Un ejemplo claro se encuentra en la historia de la geometría, en la forma en que nuestra noción de espacio se amplió más allá de lo que a simple vista parecería obvio.

La piedra angular y referencia obligada en la materia hasta fines del siglo XIX fue “Los elementos” de Euclides, la organización y sistematización del entendimiento que los griegos tenían sobre geometría. El método con el que está escrito se basa en hacer explícita la terminología utilizada mediante definiciones precisas, así como los conceptos planteando postulados –verdades que no necesitan demostración- a partir de los cuales mediante el uso estricto de la lógica se derivan sus consecuencias –teoremas.

El quinto y último de los postulados de “Los elementos”, el único cuya autoría se atribuye a Euclides, el famoso postulado de las paralelas, se convirtió en la piedra en el zapato de los matemáticos durante aproximadamente dos mil años: “dada una línea y un punto externo a ella existe sólo una más que pasa por el punto y es paralela a ella.”

A diferencia de los demás postulados que parecían más obvios e intuitivos los matemáticos sospecharon que el de las paralelas debía ser deducible a partir de los otros, mas fueron numerosos los intentos infructuosos por demostrarlo – como los de los griegos Ptolomeo y Proclus Diadocus, el musulmán Thhabit ibn Qurrah y el inglés John Wallis, inventor del símbolo ∞ para representar el infinito- ya que en el camino solían ocupar suposiciones ad hoc que no planteaban explícitamente – como que la suma de los ángulos internos de un triángulo es siempre 180 grados- o reemplazaban al postulado por otro igual de indemostrable y sospechoso.

Fue hasta el siglo XIX que Gauss, Bolyai, Lobachevsky y más tarde Riemann y Poincaré demostraron la existencia de espacios alternos al euclidiano en los que no se cumple el postulado de las paralelas: el espacio hiperbólico en el que por el punto externo a una línea hay un número infinito de otras que le son paralelas y el elíptico en el que por un punto externo a una línea no existen líneas paralelas a ella – como en la superficie de una esfera.

Aunque estos matemáticos murieron sin ver las repercusiones de sus aportaciones la realidad práctica de estas geometrías se hizo patente a principios del siglo XX cuando, al crear la teoría general de la relatividad, Albert Einstein se basó en el trabajo sobre geometrías elípticas de Riemann para proponer que la materia cambia la curvatura del espacio en que se encuentra dando origen a la interacción gravitacional entre los cuerpos.

¿Cuál fue entonces el error de Euclides? ¿En qué forma puede hacerse geometría sin el riesgo de anular la posibilidad de que múltiples formas de comprender las propiedades del espacio puedan ser empleadas como poderosas herramientas matemáticas? La respuesta fue dada por David Hilbert (véase Gödel y la negación absoluta de la mierda): Euclides erró al suponer que los puntos y líneas con los que definió sus postulados pertenecían a una realidad concreta, la de nuestra percepción sensorial –la que nos dice que dos líneas paralelas nunca se juntan- y no a una abstracta en donde sus características dependen estrictamente de las propiedades que se les asignan –pudiendo ser numéricas- al ser definidos poniendo límites a lo que nuestra experiencia nos sugiera. Lo anterior llevó a que los problemas geométricos se unieran a los de la aritmética, desembocando en la creación de la teoría de conjuntos de Georg Cantor que los trata de la forma más abstracta posible.

En la actualidad existen otros espacios alternos al euclidiano además del hiperbólico y del elíptico como el fractal, el proyectivo y el toroidal, todos aplicables de una u otra forma a fenómenos que observamos en la naturaleza.

¿A qué espacio pertenece nuestra tierra? El que esta pregunta no tenga respuesta no resta mérito al trabajo de matemáticos y físicos, lo enaltece.

26.11.05

Concurso de Fotografía Científica SPIE-ITESM

Quedé en 2° lugar del concurso de fotografía científica SPIE-ITESM de este año con la siguiente foto:
Tomando la señal de salida de la cámara digital conectada a un televisor y enfocándola en su monitor se logra un proceso de retroalimentación recursivo en el cual la imagen final (espirales a partir del display de la cámara en este caso) es el resultado de las transformaciones inducidas a cada ciclo rotando y/o alejando la cámara del monitor, tal como se producen patrones auto-semejantes en la geometría fractal.

4.11.05

Apelando a la gordura

De entre todas las teorías científicas no hay alguna que sea tan ideológicamente incómoda como la evolución a partir de la selección natural. Por ejemplo, a pesar de que la mecánica cuántica va en contra del sentido común y de paradigmas filosóficos que el occidente carga desde la época de los griegos nadie ha intentado crear un movimiento pseudo-científico en contra de ella para acallarla, quizás porque sería evidentemente estúpido… a la luz de esta analogía, ¿por qué hay gente que no ve lo evidentemente estúpido que es intentar hacer una “ciencia de la creación”?

Que cada quien crea lo que quiera y profese la fe que le de la gana, lo que no puede hacerse es ignorar la evidencia contundente de que la selección natural es efectiva y que ha regulado la forma que tienen las especies que habitan el planeta, incluyéndonos a nosotros. Hay evidencia al por mayor de que el “diseño” de las especies vivas no es óptimo ni perfecto sino suficiente para pasar sus genes de generación en generación y de que cuando el entorno ha impuesto nuevas condiciones para ganarse la vida las adaptaciones parten de adaptaciones previas, por eso algunas extremidades se volvieron alas o aletas, por eso cargamos un inútil apéndice y dedos meñiques que raramente usamos (salvo para hurgarnos la nariz o los oídos), por eso hay tanta gente gorda… sí, nuestra gordura es una evidencia de la eficacia de la selección natural.

En la época en que nos ganábamos la vida como recolectores y cazadores los alimentos dulces y grasosos eran escasos y valiosos energéticamente, por lo cual la selección natural favoreció a aquellos que tuvieran avidez por conseguirlos y consumirlos… si comparamos las escalas de tiempo en que actúa la evolución y el tiempo que ha transcurrido desde esa entonces hasta nuestros días vemos que este no es más que un pestañeo, que adaptativamente seguimos siendo esos recolectores-cazadores, pero con la disponibilidad en la civilización moderna de tanta golosina, fritanga y comida chatarra ésa adaptación se vuelve en nuestra contra, estamos inadaptados a nuestro medio.

Literalmente contamos con evidencias de la increación de peso en nuestras carnes.

Why the bleep you didn't speak about evolution?


Hace poco estuvo en cartelera un documental de auto ayuda pseudo-científica new age llamado What the bleep do we know?... para una crítica responsable muy buena sobre él les recomiendo que busquen en Wikipedia. Puesto que no quiero deshacerme en injurias sobre los múltiples detalles ignominiosos de la peliculilla (en serio vean mejor la crítica de Wikipedia) voy a centrarme en un detallito que creo ninguna crítica que he visto ha abordado.

Gran parte del argumento de la bazofia (así me referiré a la peliculilla de hoy en adelante) descansa en que la realidad que nuestros cerebros conciben no es única haciendo extrapolaciones sobre la superposición de estados en los fenómenos cuánticos, poniendo al cerebro como un mecanismo de propósito general para percibir la realidad tal cual “es”…

Durante toda la maldita bazofia no escuché ni una mísera mención a la teoría de la evolución, ni siquiera para burlarse de ella. Un organismo tiene acceso a la realidad que le es suficiente para pasar sus genes de generación en generación y a pesar de lo únicos que somos cargamos todavía con gran parte de esa herencia, el “diseño” que tiene nuestro cerebro actual no es de propósito general sino que fue moldeado por la selección natural. Cuando aceptas esto resulta de esperarse que cuando observamos la realidad a una escala cuántica que no afectó directamente nuestro proceso evolutivo encontremos que es contra-intuitiva, mas no es motivo suficiente para subordinar una a la otra, como si toda nuestra realidad cotidiana tuviera que repensarse de forma cuántica puesto que son niveles de realidad distintos.

Si tan fascinados están los que alaban la bazofia con las ideas cuánticas les hago una pregunta… ¿por qué es que los efectos cuánticos acaban atenuándose, dando lugar a nuestras experiencias cotidianas apegadas a nuestra intuición? Esta realidad a la que quieren encontrarle desesperadamente salidas para levantar su autoestima, bajar de peso y dejar de drogarse es (adivinen) un efecto cuántico explotado primeramente por la evolución. Sorry… difamar a la ciencia así como así es literalmente jugar con fuego.

Ilustración tomada de Consciousness, an introduction de Susan Blackmore.

Sobre cómo fui seducido por el lado oscuro de la ciencia

Es difícil tener una idea clara de en donde se está metiendo uno cuando decide estudiar tal o cual cosa. Cuando uno es niño (y no tan niño) y se genera estereotipos de qué significa ser médico o policía o bombero o científico generalmente están bastante apartados de lo que realmente es dedicarse a esa profesión, uno nunca sabe hasta que choca con la realidad…

¿Qué atrae a alguien a dedicarse a la ciencia? ¿qué hay detrás de la pasión por aprehender la realidad? al menos una realidad supuesta. Inconscientemente cargamos con la idea, enraizada desde la cultura griega (véase Las vaguedades del lenguaje y La caída del velo de la trascendencia), de que existe una realidad objetiva categorizable, de que hay algo que hace a un fenómeno un “tipo” de fenómeno… ninguna ciencia encaja tan bien con este prejuicio cultural como la física, razón por la cual los científicos dedicados a las ciencias “duras”, las más objetivas, principalmente los físicos-matemáticos se han vuelto el estereotipo cultural por excelencia del científico.

Si le preguntas a alguien que piense en un científico famoso les apuesto que va a pensar en un físico (por no decir que va a pensar en Einstein)… esto se me hace sumamente injusto para otras disciplinas que para abrirse paso han tenido que cuestionar prejuicios culturales más espinosos que cargamos sobre la realidad, como la teoría evolutiva, la ciencia cognitiva y la inteligencia artificial (véanse TODOS mis demás posts).

La relación de la física y otras disciplinas con la masa iletrada es como la de unos hijos (las disciplinas) que se dedican a cosas que sus papás no entienden, y sus padres (la masa). La física es el hijo modelo que hace algo que encaja dentro de las expectativas de sus papás, mientras que las otras disciplinas son los hijos que se dedican a cosas que sus papás ni entienden ni encajan dentro de su concepción de la realidad, como si le dijeras a tus papás rancheros que vas a ser artista…

Mientras que la física puede ganarse a las masas porque es más digerible filosóficamente hablando (salvo quizás la mecánica cuántica, véase La caída del velo de la trascendencia), las demás disciplinas llegan a resultar inaccesibles desde cualquier punto de vista… como siempre he sentido una gran inclinación por la filosofía por eso decidí dejar la física, porque no representa un reto filosófico ni conceptual (de nuevo salvo la mecánica cuántica) al grado del que lo son la teoría evolutiva, la ciencia cognitiva, la IA y seguramente muchas otras disciplinas de las que ni tengo idea.

Si supieran lo subyugante que es este lado oscuro de la ciencia…

Las monerías de lo cautivo



¡Soy la herida y el cuchillo!
¡Soy la bofetada y la mejilla!
¡Soy los miembros y la rueda,
la víctima y el verdugo!

El verdugo de sí mismo, Charles Baudelaire

Entender los límites de acción de lo que llamamos naturaleza resulta complicado ya que al meter la mano en ella solemos sorprendernos más por encontrar aquello que no buscábamos. Cuando asistimos a lugares donde se exhiben animales en cautiverio con fines de entretenimiento, como zoológicos y circos, pocas veces nos damos cuenta de que el comportamiento animal que observamos, aparentemente aislado de nosotros mediante barrotes, puede decirnos mucho más sobre los seres humanos que sobre las criaturas en cuestión.

La teoría de la evolución ha enseñado a los científicos que la complejidad de la vida no tiene otro propósito más que el de adaptarse a las condiciones del medio para propagar patrones de información a través del tiempo, medido este generalmente en escalas que a los seres humanos nos resultan enormes: miles e incluso millones de años. Si pensamos en el tiempo que un circo o zoológico puede funcionar y lo comparamos con el evolutivo vemos que es para él menos de lo que un segundo a la vida de una persona. ¿Puede adaptarse una especie a un cambio de condiciones de vida tan repentino? La respuesta que los biólogos dan es negativa, principalmente porque al aislarla de su hábitat y proveerle lo necesario para conservarse viva se elimina la presión que la selección natural tendría sobre ella, quedando inutilizadas todas aquellas características que le obligó a desarrollar en el pasado.

Este fardo de instinto sin cauce que carga el animal cautivo salta a la vista mediante comportamientos ausentes en el estado salvaje que, de otra manera, pensaríamos son exclusivos del ser humano, como son la homosexualidad, la neurosis, el asesinato, la tendencia a la obesidad y la masturbación, que suelen variar dependiendo de la especie de que se trate.

¿Será posible que estos comportamientos aparezcan en nosotros debido a una especie de cautiverio? ¿Cuánto de nuestra humanidad debemos a la represión y desuso de nuestros instintos?

El zoólogo Desmond Morris ha sugerido respuestas a estas preguntas y concluye que, después de bajar de los árboles para convertirnos en cazadores y tener alrededor de un millón de años más para adaptarnos hasta llegar a ser homo sapiens, el cambio en nuestro estilo de vida que planteó el surgimiento de la agricultura y el posterior advenimiento de la civilización, fue tan brusco que estamos biológicamente inadaptados a ella.

El arraigo a la forma de vida, al trato social y afectivo, cálido y selectivo que requerían las tribus cazadoras y las cotidianas luchas de poder que suscitaban; la invasión de nuestro espacio por parte de miles de extraños; la inactividad física y las complejas relaciones de subordinación a las que el individuo se ve sometido –generalmente en su perjuicio- en las ciudades modernas o súper tribus; hacen que la gente desahogue toda su necesidad de estímulos en personas desconocidas o mediante comportamientos autodestructivos. En pocas palabras, en su planteamiento Morris adjudica a la civilización el papel de cautiverio.

¿Cómo es posible para una especie domarse así, tomar el látigo y amenazarse a sí misma? Muchos han pensado que hay algo de antinatural en el nacimiento de la civilización, el que en esa entonces la razón hubiese sido tan poderosa como para sacrificar las necesidades instintivas inmediatas de la mayoría en pos de un proyecto tan inaudito en términos tribales, sospechando que cierta especie de auto-represión venía ya arraigada en el cazador primitivo.

Tal fue la postura de Sigmund Freud quien identificó en el nacimiento de la conciencia moral –una entidad independiente inmersa en la estructura psíquica de los individuos- el elemento represor necesario para suprimir la satisfacción de ciertos instintos que en su necesidad de expresarse derivan en neurosis.

Llegando a este punto queda la cuestión de si podrá algún día la ciencia enjaular la conciencia moral para exhibirla junto a todas las fieras que antaño nos mantenían angustiados en las cuevas, como el trueno. Aunque tal parece que siempre habrán motivos para ser bofetada y mejilla. Habrá que cautivar los motivos… ¿no suena a poesía?

Gödel y la negación absoluta de la mierda


Un axioma es una verdad o principio fundamental que nos ayuda a entender el comportamiento de algo. Dentro de las matemáticas se hace una axiomatización cuando se da una traducción formal de las propiedades de entes abstractos, por ejemplo la codificación de silogismos que realizó Aristóteles al fundar la lógica y la codificación de las propiedades de puntos y líneas hecha por Euclides cuando fundó la geometría.

Hasta antes del siglo XIX se creía que las únicas matemáticas posibles eran aquellas que representaran fielmente la realidad, mas el descubrimiento de geometrías alternas a la euclidiana (igualmente válidas) así como el desarrollo de la teoría de conjuntos basada en la existencia de distintos tipos de infinitos y que planteaba múltiples paradojas (como que el conjunto de todos los conjuntos sea o no otro conjunto) orilló a los matemáticos a preocuparse por la solidez de sus teorías y por encontrar métodos de axiomatización libres de contradicciones.

La propuesta más importante en este sentido fue hecha a principios del siglo XX por Russell y Whitehead al escribir Principia Mathematica, el mayor intento hecho para derivar las matemáticas a partir de la lógica. Sin embargo nadie estaba seguro de si habían formas de construir paradojas utilizando sus métodos. Fue entonces que David Hilbert convocó a la comunidad de matemáticos de la época a demostrar que el sistema definido en Principia Mathematica era consistente (libre de contradicciones) y completo (que cada proposición verdadera de la teoría de los números podía ser derivada dentro del marco que planteaba) utilizando sus propios métodos, lo que implicaba un razonamiento circular: justificar un método de razonamiento basándose en el mismo método de razonamiento.

La solución fue dada en 1931 por Kurt Gödel al descubrir el teorema que lleva su nombre y que en pocas palabras dice que cualquier formulación axiomática consistente sobre teoría de los números incluye proposiciones indecidibles (que no son verdaderas ni falsas), lo que equivale a decir que para todo método de razonamiento sustentado en la lógica existirán verdades o mentiras indemostrables. Para llegar a esta conclusión Gödel construyó el equivalente numérico a la oración “esta oración es falsa” que siendo verdadera es falsa y viceversa, logrando que los números además de hablar de cantidades se refieran a otros números.

El teorema de Gödel tiene implicaciones filosóficas muy importantes, al estar basado en la auto-referencia hace pensar en la relación entre la conciencia y la verdad además de decirnos que por más rígidas y numerosas que sean las reglas propuestas para validar algo siempre existirán formas de escapar a ellas, tanto así que ni todo el poder de la lógica es suficiente para englobar la complejidad de los números enteros.

Llevado a nivel de la cultura, si se hace la analogía de la axiomatización con el dogmatismo existente en ciertos grupos sociales, la “negación absoluta de la mierda” como definiera Milan Kundera al kitsch, el hallazgo de Gödel nos sugiere que no existen creencias capaces de englobar la complejidad del ser humano.

27.9.05

Súper poderes mis calzones

Es difícil comprender por qué la fantasía requiere cierta dosis de lógica. Si se piensa bien su universo es increíblemente mayor que el de la realidad ya que son muchas las formas en que pueden no cumplirse las leyes que sabemos rigen el comportamiento de los fenómenos. En lugar de simplemente caer, al soltar una piedra el número de trayectorias irreales -virtuales - que podría seguir es infinito. Hay infinito número de formas para no resolver la ecuación que define la Ley de la Gravitación propuesta por Newton -si existe duda cuéntese el número de estudiantes que reprueban la materia de Física o Matemáticas alrededor del mundo .

Contemplando la evidencia aplastante de la superioridad numérica de la fantasía -estulticia, dirán algunos- no queda más que aceptar que resulta milagroso el que la realidad que vivimos sea tan única como es, que en una hoja de papel podamos abstraer fenómenos como si lo fantástico se dignase a condescender con lo palpable. Desde este punto de vista la ciencia resulta más increíble que la ficción, siendo quizás la justificación que encuentran quienes crean historietas y dibujos animados para incluirla constantemente dentro de sus tramas, aunque frecuentemente caricaturizada al extremo de resultar irreconocible para los verdaderos científicos. El resultado de lo anterior es que la mayoría de las personas alberga prejuicios a cerca de lo que la labor científica es, siendo así que la primera información que recibimos de esta proviene precisamente de la ficción.

Lo fantástico es irrebatible por ser fantástico, mas cuando busca el amparo de la ciencia resulta útil comprobar la validez de su unión ya que, más que abogar ésta por lo irreal, lo irreal acaba abogando por una falsa idea del conocimiento científico: ¿acaso no resulta curioso pensar por qué gran parte de los villanos de tiras cómicas son científicos? ¿por qué la idea de “genio científico” nos remite casi inmediatamente a figuras como Jimmy Neutrón o Cerebro? A modo de pequeño contra ataque, y ya que resultaría tedioso debatir todas las múltiples formas en que en las historietas y dibujos animados se cae en falacias científicas, lo que sigue es una breve argumentación del por qué la alta improbabilidad de que los tan alabados súper poderes -que sostienen muchas tramas- sean alguna vez observados.

El conocimiento científico es una representación objetiva, inteligible y dialéctica de la realidad apreciada a diferentes niveles. El más elemental es el de la física microscópica en la que, conforme sus objetos de estudio crecen en dimensión y complejidad justifican la aparición de otras ciencias. Conforme la materia inanimada cobró vida hasta llegar al ser humano los fenómenos físicos dieron origen a los químicos, éstos a los biológicos hasta llegar finalmente a los psicológicos. Todo esto viene al caso porque resulta altamente improbable que aparezca de la nada un nivel fenomenológico sin seguir la secuencia descrita por el origen de la vida y la evolución de la especie, ya que esta se basa en pequeños cambios encauzados por la selección natural en escalas de tiempo muy grandes -geológicas.

Si se analiza el comportamiento del personaje súper dotado que controla a voluntad sus poderes se deduce que ello requiere mecanismos nerviosos que conecten su conciencia con su habilidad -así como a voluntad se controlan los pasos que se dan al caminar-, por lo que podría decirse que todos los súper poderes pueden traducirse a una especie de control psicológico de los fenómenos. La falacia salta a la vista cuando imaginamos la enorme cantidad de cálculos complejos que tendría que realizar el cerebro humano para volar o controlar campos magnéticos o cambios climáticos, por ejemplo. Si bien existen acciones cotidianas realizadas por las personas que implican cálculos complicados para una máquina su poder de cómputo es el resultado de un lento proceso de mejora continua, mientras que el de los súper dotados se presenta de forma instantánea.

Además todos los poderes podrían reducirse al control o producción de movimientos a diferentes escalas: volar implicaría dotarse de movimiento que compense la gravedad, crear magnetismo de generar corrientes eléctricas controlando el movimiento de electrones, incendiar cosas de infundir demasiado movimiento a sus partículas y congelarlas de detenerlas...

Quien tenga poderes que hable ahora o sea súper héroe.


ContágiaME MEtáforas

Las analogías han sido un motor fundamental para el avance de la ciencia, de hecho cuando se piensa en el uso extensivo que numerosas disciplinas hacen de formalismos matemáticos podría decirse que están explotando la analogía entre el comportamiento de objetos abstractos y otros concretos.

En la búsqueda de una mejor comprensión de la teoría de la evolución se ha llegado a la conclusión de que bajo el cumplimiento de ciertos requisitos es posible que se generen procesos evolutivos entre entidades que no tienen que ser forzosamente biológicas (genes), basta con que existan patrones de información que “peleen” entre sí para replicarse. Los patrones que subsistirán a lo largo del tiempo serán aquellos que puedan copiarse a sí mismos lo más fielmente posible, se repliquen con mayor velocidad (fecundidad) y que “vivan” lo suficiente para reproducirse (longevidad).

En su grado de abstracción máximo es posible simular estos procesos en una computadora utilizando “poblaciones” de cadenas de unos y ceros que son seleccionadas de acuerdo a alguna función matemática y luego cruzadas entre sí mediante el intercambio de porciones de ellas. A las simulaciones de este tipo se les llama algoritmos genéticos y han probado ser eficientes para encontrar soluciones a problemas complejos difícilmente abordables mediante matemáticas tradicionales.

Si con el ejemplo anterior se comprueba que la evolución puede presentarse en cualquier lugar que almacene información y facilite su replicación, ¿puede encontrarse su analogía a nivel cultural? Para responder afirmativamente a esta pregunta han confluido la epidemiología, la ciencia evolutiva, la inmunología, la lingüística y la semiótica en lo que se ha denominado “memética”, llamada así debido a que postula como unidades de información cultural a los “memes” bautizados por el evolucionista Richard Dawkins basándose en la palabra griega “mimeme” equivalente a imitación, de forma similar a como los genes son las unidades de información biológicas.

Un meme es un patrón cognitivo o de comportamiento que puede ser transmitido de un individuo a otro. Se puede llamar a esta transmisión replicación si quien la realizó conserva el patrón que de esta forma se duplicó. De esta forma un individuo es portador de un meme de forma similar en que lo es de un virus. Mientras que una persona necesita a otra de sexo opuesto para reproducir sus genes con un tiempo de incubación de meses y de años para que la copia vuelva a reproducirse los memes pueden transmitirse entre cualquier par de personas y abarcar muchas en lapsos de tiempo mucho menores.

Casi cualquier entidad cultural puede ser vista como un meme: religiones, lenguaje, modas, canciones, técnicas, teorías y conceptos científicos,convenciones, tradiciones, etc. todos transmitidos a través de las múltiples formas en que los seres humanos se comunican.

Debido a las múltiples formas en que se presentan y expresan y la rapidez con que cambian no ha sido posible encontrar la forma en que se codifican los memes, mas así como la genética se desarrolló mucho antes de que se conociera la estructura del ADN es posible hacer inferencias sobre el resultado de la competencia entre dos patrones culturales aislados. Una particularidad extra de los procesos evolutivos culturales es que cada unidad de información implicada está sometida a cuatro niveles de competencia con otros patrones durante su ciclo reproductivo: uno para que el huésped al que pretende entrar lo asimile, otro para ser retenido en su memoria, uno más para ser expresado a otras personas y el último en el medio de transmisión que el huésped elija para “expresarse”.

Independientemente de los futuros avances y aplicaciones que esta disciplina tenga la comprensión que al momento puede ayudarnos a lograr del por qué de diversos sucesos culturales es impresionante. Así como a través del entendimiento de la selección natural se ha logrado aceptar el comportamiento animal de forma amoral, por ejemplo que la forma como un depredador devora a su presa no es buena ni mala, la memética abre la posibilidad a la existencia de expresiones culturales más allá del bien y del mal que paradójicamente podrían ser moralmente inaceptables.

¿Habrá alguna idea cognoscible que no pueda contagiarse?¿Cuál es el límite de esta hermosa metáfora?


25.8.05

¿Qué es la inteligencia artificial?

La visión popular de la inteligencia artificial (IA) es aquella reflejada en la gran mayoría de las películas de ciencia ficción: artefactos creados por el ser humano son capaces de razonar a su nivel y en casos extremos ser tan autónomos que se revelan contra sus creadores… En realidad para quienes se dedican a hacer IA existen dos principales posturas que la definen: la débil y la fuerte.

La postura débil es precisamente la que se manifiesta en el párrafo anterior, que consiste en asumir que el objetivo de la disciplina es generar artefactos que igualen o superen a la inteligencia humana. El ejemplo clásico fue el lograr que la computadora Deep Blue creada por IBM fuera capaz de batir al campeón mundial de ajedrez Gary Kasparov; muchas personas creían que una máquina jamás iba a poder lograrlo, que los procesos de pensamiento involucrados en jugar buen ajedrez eran un reflejo de las capacidades intelectuales humanas inigualables… y se hizo.

¿Por qué es esta una postura débil? Basta recordar que después del éxito de Deep Blue muchas personas comenzaron a poner objeciones a su logro, como que la enorme base de datos de jugadas que tenía guardadas hacía la competencia injusta, dando a entender que la hazaña no implicaba que la IA se hubiera acercado a la inteligencia humana, que siempre va a haber algo que ella hace que la artificial jamás podrá hacer… sustentar el trabajo de IA en competencias de este tipo es una postura débil porque nunca van a satisfacerse las expectativas que se tienen sobre la inteligencia humana, sobre todo entre aquellas personas que la conciben como un don divino o un rasgo espiritual que nos distingue; tratar de argumentar con estas personas es caer en una discusión infantil del tipo “mi papá es policía y arresta al tuyo” “sí pero mi papá es luchador y le pega”, “pero mi papá usa pistola y le dispara”, “pero mi papá es más fuerte”…

La postura fuerte en IA puede sintetizarse en la siguiente forma: como no hay definiciones objetivas de la inteligencia, cualquier tipo de inteligencia, incluyendo la humana, es artificial en el sentido de que organismos que no la tenían la adquirieron a través de la evolución, por lo que es posible reproducirla. Se ve claramente por qué las típicas objeciones a la IA débil nunca van a acabarse puesto que en realidad no sabemos objetivamente cómo determinar si algo, incluyendo a mi vecino, es inteligente o no y por los hallazgos de la ciencia cognitiva tal parece que nunca tendremos dicha definición, lo que no significa que no podamos entender cómo emerge la inteligencia.

Una idea común en IA es ver a la inteligencia como una propiedad emergente. Un ejemplo de propiedad emergente es la solidez; lo sólido no puede rastrearse en un solo átomo, sino que emerge a través de la conexión de varios en cierto patrón estructural. Así mismo se cree que el meollo de IA es llegar a un grado de complejidad en el desarrollo de artefactos que provoque que al interactuar con ellos tengamos necesidad de tratarlos como seres intencionados, así como nos tratamos los unos a los otros.

Filosóficamente la postura fuerte está anclada en la profunda, irrebatible e insalvable ignorancia que tenemos sobre nosotros mismos, que no podemos desentrañarnos objetivamente. Al mismo tiempo a través de ella queda remarcada la cercana relación que tiene la IA con la teoría evolutiva (relación que en la visión popular no suele señalarse) y con la ciencia cognitiva puesto que postula a la IA como una ciencia abocada al estudio de la inteligencia en general, más allá (y además) de una rama ingenieril altamente exitosa y ambiciosa.


Evolución aniñada

He oído hablar mucho de vuestros afeites y embelecos.
La naturaleza os dio una cara, y vosotras os hacéis otra
distinta. Con esos brinquillos, ese pasito corto, ese hablar
aniñado, pasáis por inocentes y convertís en gracia vuestros
defectos mismos [...]

-Hamlet a Ofelia-
“Hamlet”, Acto III, Escena IV

Pocas teorías científicas han impactado tan profundamente el concepto que el ser humano tiene de sí como la evolución. Además de orillarnos a aceptar nuestra ascendencia animal, esta teoría introdujo una idea que desde haber sido pronunciada por Darwin se convirtió en objeto de múltiples interpretaciones y controversias: la selección natural.

Muchos se han adjudicado ad hoc el derecho a usar la trillada supervivencia del más apto con el fin de exaltar diferencias y justificar lo que creen su superioridad sobre otros; sin embargo, lo que las teorías evolutivas modernas sostienen es que más que la supervivencia de un individuo la selección natural va asociada a las características que le dan mayor éxito para reproducirse y que por tanto suelen propagarse por herencia a generaciones venideras.

Enfocándonos en el caso de los mamíferos, hasta principios del siglo pasado se adjudicaba un rol secundario a la elección que las hembras de una especie hacen de los machos con quienes copulan –llamada selección sexual- ya que para la mayoría de las especies estudiadas las características que hacen a un macho un buen candidato resultan evidentes... mas no así para la especie humana, lo que –como propone David Brin- subestima el papel que la elección de la mujer pudo haber tenido en nuestra evolución.

Se cree que conforme nuestros ancestros fueron adquiriendo dominio sobre su entorno para formar las primeras comunidades fue útil que se desarrollaran características que favorecieran la socialización, individualización y el correspondiente desarrollo intelectual necesario para mantenerlas y explotarlas. Bolk señaló en 1926 que la base para alcanzar esto fue lo que llamó retardación y que sería conocido después como neotenia: la retención de aspectos infantiles tanto físicos –paedomorfismos- como de comportamiento (personalidad flexible, facilidad de aprendizaje, ...); mas no fue sino hasta mediados de siglo que se intuyó que dichas características, explotadas como herramientas de selección sexual por parte de las hembras, pudieron haber acelerado el proceso evolutivo que nos hizo lo que somos.

Aprovechando el instinto de protección y enternecimiento sentido hacia las crías y considerando la creciente complejidad de comportamiento e inquietudes de los machos, Brin propone que las hembras neótenas tuvieron mayor éxito reproductivo, para lo cual hace hincapié en las analogías de ciertas características femeninas con rasgos infantiles, como son la mayor fragilidad en la constitución corporal, menor presencia de bello, las proporciones del rostro, flexibilidad de comportamiento, facilidad para la socialización, entre otras. Debido al peligro subyacente en el posible establecimiento de trato sexual con las crías, Brin se atreve también a proponer una explicación a la posesión de caracteres sexuales secundarios únicos en la mujer –en comparación con hembras de otras especies- como son sus senos y glúteos súper desarrollados, sugiriendo que corresponden a los rasgos diferenciadores que previenen a los hombres de sentir atracción sexual hacia los niños... y en cuya falla se podría encontrar la explicación –mas no la justificación- a las tendencias paedofílicas de algunos hombres.

Quizás éstas son demasiadas ideas descabelladas para tan pocas líneas.

Quizás nuestra evolución sea más que aniñarse.

Quizás el indispuesto Hamlet desnudó a Ofelia... sin querer.

(Este artículo fue publicado en abril del 2003 en Mientras Tanto, la ya extinta revista estudiantil del Tec de Monterrey)

Las vaguedades del lenguaje


Instrumento de tu cuerpo es también
tu pequeña razón, hermano, que llamas
‘espíritu’ – humilde instrumento y
juguete de tu magna razón.

Así hablaba Zaratustra, Federico Nietzsche


En su tarea de formar representaciones lo más objetivas posibles de la realidad todas las ciencias requieren de la adopción de un lenguaje en común entre quienes las practican, para tener la seguridad de que se sabe de qué se está hablando y reducir al mínimo la necesidad de recurrir a interpretaciones personales. Se suele creer que una ciencia es más objetiva entre menos vago sea el lenguaje en que se expresa, creencia que explica la admiración que provoca la física por estar sustentada más que cualquier otra disciplina en el rigor de las matemáticas. En consecuencia el lenguaje cotidiano ha sido considerado demasiado vago como para sustentar teorías sólidas en él.

Tal ha sido la fe en el empleo de las matemáticas que cuando se iniciaron en el siglo XX los estudios científicos sobre el lenguaje se pensó a priori que este debía cumplir con características propias de los lenguajes formales de las matemáticas, sin dar alguna justificación (un ejemplo claro son las hipótesis de Noam Chomsky); entre ellas la que más destaca es la separación entre la sintaxis (las reglas para generar cadenas de símbolos) y la semántica (el significado de las cadenas de símbolos).

Esta separación, propuesta por David Hilbert, fue crucial para las matemáticas cuando en el siglo XIX se descubrió que existían distintas geometrías cuyas verdades (su semántica) se contradecían mientras que todas eran sintácticamente válidas y desembocó en el uso de la teoría de conjuntos y la lógica como sustento de afirmaciones independientes del contexto en el que su significado va a emplearse y de quién va a interpretarlas.

Por ejemplo los axiomas de teoría de conjuntos afirman que un objeto pertenece o no pertenece a un conjunto sin que hayan estados intermedios (un número entero es par o impar) lo que es una versión de la famosa premisa aristotélica del tercer excluido: ser o no ser.

Los lingüistas se toparon con que el lenguaje cotidiano no cumple con estas premisas pues está plagado de lo que se han denominado prototipos: cuando los seres humanos hacen categorías de cosas existen algunas que son mejor ejemplo del conjunto que otras, por lo que se da cabida a estados intermedios. Por ejemplo un adulto que mida 1.65 metros comparado con niños es alto mientras que al mismo tiempo es chaparro equiparado a jugadores de baloncesto de la NBA.

Estas características del lenguaje llevaron a la creación de una nueva clase de lógica llamada “difusa” que se basa en dar a las cosas grados de pertenencia a más de un conjunto, modelados mediante funciones matemáticas para realizar inferencias usando reglas expresadas en lenguaje común. Esta disciplina ha probado ser muy útil en ingeniería para resolver problemas complejos que pueden ser modelados intuitivamente con palabras, como equilibrar un péndulo invertido en tiempo real .

Lo fascinante es que la lógica difusa no es suficiente para modelar todos los efectos prototípicos del lenguaje, como las metonimias. Una metonimia consiste en tomar un aspecto bien entendido o fácil de percibir de algo y usarlo para representar ese algo entero (sustituir el todo por una parte), como cuando hablamos del “68” refiriéndonos al movimiento estudiantil generado en ese año, sustitución difícil de representar matemáticamente.

Este tipo de evidencias que afirman la unión de la sintaxis y la semántica cuando hablamos y escribimos han servido como soporte de hipótesis dentro de la ciencia cognitiva, el campo interdisciplinario abocado al estudio científico de la mente, que afirman la inseparabilidad del cuerpo y la mente, que la forma como representamos la realidad al comunicarnos no puede ser sintetizada exclusivamente mediante símbolos independientes de quiénes van a emplearlos, sino que va estrictamente ligada a que seamos las criaturas biológicas modeladas por la evolución que somos, con el cuerpo que tenemos.

Esta nueva filosofía, llamada “embodiment”, pone en tela de juicio supuestos filosóficos que acarreamos desde la época de los griegos, de entre los cuales sobresale la separación existente hasta ahora entre la metafísica (los planteamientos sobre qué es real) y la epistemología (qué podemos conocer). Si, de acuerdo al embodiment, lo que es real depende de lo que humanamente podemos conocer y coincidimos en la realidad por compartir el mismo cuerpo, se derrumban las creencias que afirman que las matemáticas trascienden platónicamente a los seres humanos y que en ello reside su fortaleza... lo que implica la tarea de replantear su origen como una actividad sustentada en la estructura cognitiva provista por nuestra biología.

Lo que parecía en un principio ser un tiro por la culata, las menospreciadas vaguedades del lenguaje negándose a desparecer, vistas como objeto de estudio nos confiesan lo humana, demasiado humana, que la ciencia debe ser para seguir adelante.

28.7.05

La guerra que nos mueve

Cuando se trata de observar a la naturaleza para sacar conclusiones a cerca de sus características resulta difícil acallar la voz del sentido común que nos susurra a hurtadillas: “Yo soy el sentido de ella también”. La cosa se pone más difícil cuando el objeto de estudio es el comportamiento de los seres vivientes.

Estamos acostumbrados a considerar el significado y propósito de las acciones de otras personas dentro del contexto cultural en el que somos educados, por lo que cuando alguien realiza un acto que beneficia a un tercero a expensas de su bienestar propio –suponiendo que no podemos saber si lo hace de forma consciente o inconsciente y haciendo a la casualidad a un lado- juzgamos a la acción como signo de altruismo, el cual suele identificarse como distintivo de la compenetración o identificación dada entre los individuos, tal que lleva a la comprensión del sufrimiento o necesidad de uno en el cuerpo de otro.

Si bien los actos altruistas realizados entre seres humanos nos parecen posibles entre miembros de otras especies “incultas” esperaríamos lo contrario. El hecho en principio desconcertante de que esto no sea así llevó a los biólogos a buscar el equivalente cultural que lleva a ciertos seres vivientes a sacrificarse por sus colegas, encontrándolo en la teoría de la evolución de Darwin. Gran parte de ellos se vio tentada a suponer que dicho sustituto es lo que se llamó selección de especies, que no es más que la idea de la selección natural –supervivencia del más apto- aplicada a un grupo de individuos de la misma especie.

Para ejemplificar lo anterior se puede decir que si la selección natural es un juego, lo que los defensores de la selección de especies proponen es que se juega en equipos –especies-, por lo que para obtener la victoria –subsistir- vale la pena hacer sacrificios por sus compañeros.

Hasta aquí se podría decir que se cuenta con una descripción bastante moral de la madre naturaleza, mas hay algo que no encaja. ¿Qué se quiere decir exactamente con “supervivencia del más apto” si tarde o temprano todos los individuos mueren? ¿Qué puede sobrevivir generación tras generación?

Para responder esta pregunta otro grupo de biólogos propuso la teoría del gen egoísta, que se traduce en que los participantes del juego de la selección son los genes, los cuales predisponen a los organismos que los poseen a pelear para reproducirse y esparcirlos, por lo que estos últimos cumplen la función de ser máquinas de supervivencia. Así esta teoría define la evolución como la carrera armamentista llevada a cabo por las primeras formas de vida del planeta, en su lucha por los nutrientes necesarios para replicarse y cuyas armas son los organismos que acabaron por poblar el planeta.

De esta forma se comprende cómo lo que a nivel de organismos parece altruista a nivel genético resulta egoísta, ya que el ceder un beneficio a otro individuo podría implicar que en realidad se está viendo en pos de genes que ambos organismos comparten.

Resulta tentador pensar en las implicaciones que la teoría del gen egoísta tendría en la comprensión de la evolución del ser humano, aunque resulta mucho más complicado por la presencia de la cultura. Quizás ella sea el arma más sofisticada en la guerra de los genes.

(Este artículo fue publicado en junio del 2003 en Mientras Tanto, la ya extinta revista estudiantil del Tec de Monterrey)

26.7.05

La caída del velo de la trascendencia





¿Es la ciencia una forma de acercarse a la realidad? El sentido común de occidente diría que sí, pero el acontecer cotidiano señala lo contrario, como lo hace patente la falta de efectividad de la divulgación científica entre las masas comparada con otras formas de literatura. Tal parece que los seres humanos sentimos aversión por la realidad como nos es mostrada por la ciencia, que no estamos dispuestos a otorgarle el puesto de honor que tiene nuestra realidad subjetiva de la que nadie tiene que convencernos.

Pero… ¿estoy realmente hablando de dos realidades, valga el pleonasmo? ¿no sería esto una contradicción?

El punto central de esta paradoja radica en la idea de la trascendencia: creemos que la realidad va más allá de los seres humanos, que hay algo más allá de toda posible experiencia de nuestros cuerpos, por lo que siendo estrictos uno esperaría que la única realidad posible fuera aquella revelada por la ciencia. Sin embargo en los dos últimos siglos se han venido acumulando los hallazgos que retan a nuestro sentido común con respecto al objetivismo, subjetivismo y la realidad como son:

  • El surgimiento de la teoría de la evolución basada en la selección natural darwiniana.
  • El surgimiento del psicoanálisis.
  • El hallazgo dentro de las matemáticas de teoremas que van en contra de las expectativas comunes que se tenían con respecto a la verdad objetiva, como son el teorema de Gödel y el de Löwenheim-Skolem.
  • La naturaleza contra-intuitiva de la mecánica cuántica.
  • El esclarecimiento de la interdependencia entre la mente y el cuerpo, el embodiment[1], encontrado por la evidencia experimental convergente hallada por la ciencia cognitiva (el estudio científico de la mente) del último cuarto del siglo XX y el desarrollo de la inteligencia artificial.


Estos hallazgos nos hacen sentir que la realidad es mucho más “ficticia” de lo que creíamos, haciendo que cedamos más importancia a la realidad subjetiva y cayendo en el relativismo… exacto, estoy hablando del postmodernismo.

Hasta ahora, tras el advenimiento de la ciencia cognitiva, pocos (y entre ellos pocos como el intrigante Nietzsche) habían cuestionado la idea de la trascendencia. ¿Es esta creencia una noción científica? La respuesta es no, esta idea ha sido heredada y formado parte del sentido común de occidente desde la época presocrática de la filosofía griega, dando lugar a lo que Lakoff y Johnson[1] llaman la teoría popular (folk theory) de las esencias: cada “cosa” es un tipo de cosa debido a condiciones suficientes y necesarias, esencias, que la hacen ser lo que es, dando origen a la separación dentro de la filosofía occidental de las preguntas concernientes a qué es real o no (metafísica) de aquellas que giran en torno a qué podemos conocer (epistemología).

¿Es posible la ciencia sin la idea de trascendencia, pero sin caer en el relativismo? El primer ejemplo afirmativo es la teoría evolutiva que postula el devenir de las especies como producto de un proceso en el que no ha intervenido algún tipo de trascendencia divina; la ciencia cognitiva que postula que no tenemos acceso a una realidad ni razón que no estén restringidas por la biología que adquirimos a través de la evolución, que no es relativa por la coincidencia de nuestros cuerpos en la experiencia del mundo y porque se ha demostrado que gran parte de nuestro razocinio es inconsciente; y la inteligencia artificial que está basada en la suposición de que lo que llamamos inteligencia per se es un artificio de la evolución que puede ser reproducido.

Como se nota la evolución juega un papel central en la sustitución de la trascendencia por una visión de lo que es real basada en las experiencias más elementales de nuestros cuerpos y mentes (moldeados por ella) y que por tanto no entran en conflicto con nuestra realidad subjetiva.

Un trabajo interesante para la ciencia cognitiva es replantear los hallazgos de las ciencias objetivas y su efectividad predictiva en términos de este nuevo paradigma. Un ejemplo fascinante es el trabajo iniciado por Lakoff y Núñez[2] en torno al replanteamiento de la efectividad de las matemáticas como una actividad cognitiva producto de la biología de los seres humanos.

Contrario a lo que podría pensarse, la caída del velo de la trascendencia unifica la realidad humana… demasiado humana, la única a la que tenemos acceso. Quizás por eso a quienes nos apasiona la ciencia nos sentimos más reales cuando divagamos en ella.

Espero que con este y subsecuentes blogs los inspire a divagar, o que por lo menos entiendan a qué me refiero.

Referencias:

[1] George Lakoff y Mark Johnson. Philosophy in The Flesh. The Embodied Mind and its Challenge to Western Thought. Basic Books, 1999.

[2] George Lakoff y Rafael E. Núñez. Where Mathematics Comes From. How the Emboidied Mind brings Mathematics into Being. Basic Books, 2000.